Diatribas reales

Me costaba mucho responder a sus preguntas porque eran siempre impredecibles. Normalmente lo resolvía con un:

-Depende.

Pero aquel día la pregunta suscitó en mí un debate más profundo.

-¿Existen los príncipes? -lanzó, con demoledora liviandad.

Dejé pasar unos segundos.

“¿Los reales o los ficticios? Ya se está haciendo mayor… ¿debería interpretar su pregunta como un interés hacia lo monárquico… -en cuyo caso tendré que explicarle qué es la monarquía y sobre todo advertirle de los contras. Pero no… no quiero sembrar en ella un discurso antimonárquico: no quiero condicionarla. Que piense por ella misma. ¿O tal vez se está refiriendo a los príncipes de cuento, o a un príncipe fabricado en su imaginario? Esa es una imagen mucho más cómoda. ¿Debo responderle en este sentido? Pero mi respuesta tendrá que estar a la altura: tengo que hablarle también de princesas. Pero no de princesas de cuento -o sí- o en cualquier caso tendré que hablarle de emperatrices, de princesas regentes de noble estirpe y valerosa regencia”.

La niña se aburrió y salió corriendo.

Aquel día creímos volar.

Nos hicimos con el parque: centro de reunión.

Los pájaros transportaban las mejores ramas hacia sus nidos. Todo ocupaba su perfecto lugar.

Las abejas ya no nos asustaban: su pelaje, suave y aterciopelado, nos recordaba a las canicas atigradas, las más bellas que no se podían usar nunca. Salimos a correr y después nos refrescamos a la sombra. El viento ondeaba; iba y venía en rachas impredecibles. Como sus preguntas.

Estiradas en la hierba, tuvimos una idea triunfal: nada escaparía a la salpicadura del agua. Llenamos los cubos y mojamos todo lo que encontramos a nuestro paso.

Volvimos a contemplar los árboles: altos, centenarios, robustos e imperturbables. Salimos a la calle  y empezamos a caminar de vuelta a casa.

Entonces sucedió algo: cuando menos lo esperábamos, miramos al suelo. Alguien se había unido a la fiesta.

 

Mis dudas terminaron.

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2 respuestas a Diatribas reales

  1. Crissanta dijo:

    Oh, el príncipe 🙂

  2. Pingback: A jugar a otra parte | textosensolfa

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