Vickiccionario

Alicia y su encuentro con la oruga fumadora

Imprímelo y llévalo a todas partes. Si no juegas, pierdes

Acuñar –Inventar un nuevo insulto inspirado en tu cuñado

Achuchar –Abrazar intensamente a un perro callejero feo y despellejado

Blasfemia –Insulto o palabra soez proferida por Epi contra su compañero de reparto

Cercenar– Intentar cenar mientras te cortan la cabeza

Chistorra–Salchicha muy salada y aficionada a explicar chistes

Dentista –Torturador con bata blanca y diploma

Emprendedor–Pirómano con ganas de abrir un negocio

Gincana–Competición de idiotas bebedores de gin tonic

Huracán- Raza de perro de temperamento nervioso que gira constantemente en círculos

Impepinable –Ensalada, entremés o canapé sin pepino

Lacónico– Comensal con ideas radicales sobre la superioridad del lacón respecto al jamón

Madre–Animal vertebrado que se avista en las orillas de las playas, en época de verano, y que unta a sus víctimas de un pegajoso ungüento blanco antes de comérselas a besos

Melancólico –Cólico acompañado de cierto sentimiento de tristeza por tiempos pasados

Pionero–Pájaro descubridor del piar

Reflexión –Flexión efectuada a dos tiempos.

REHENFE –Grupo de rehenes con paciencia y fe infinitas mientras permanecen encerrados en el convoy por causa de avería.

Ronántico –Bebedor de ron propenso al sentimentalismo

Saludable – Persona, animal o suegra a quien se puede saludar sin problemas

Traducthor –Ser lingüístico torturado por una preposición que blande su martillo en las fronteras del lenguaje

Yoyó–Juguete infantil que fomenta el egocentrismo

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El gran faisán

Érase una vez el gran faisán.

Grande, voluminoso, imperial.

Tieso, hinchado, respetado animal.

Salió un día de su recinto vallado: quería mostrarse como tal. Y, casi sin respirar, se hinchó y se hinchó. Infló su pecho, infló su garganta, levantó su pico y echó a andar. 

Era lo inevitable. Su condición era palpable.

Pero todavía faltaba un detalle: su plumaje. Abrió de par en par, semejante ejemplar plumífero, y hacia el gran exterior desplegó ya totalmente sus plumas, que eran de intensos colores: verdes, azules, rojizos, turquesas, marrones, blanquecinos, amarillos, teja. La paleta de sus colores era el mapa de situación de las hembras del territorio; los vaivenes de sus plumas eran el tutú que las debía guiar, como varita mágica, hacia su deleite copular meritorio. Abrió y abrió sus alas y extendió sus plumas, que brillaban imponentes, que enarbolaban el aire e incluso hacían sombra a los árboles, a los hurones, a los setos y a los champiñones.

Porque él era el gran faisán, y sus hembras lo esperaban. Sólo necesitaban levantar el gaznate y admirar el gracejo, el color, el paso y el furor que él levantaba. Aumentó un punto el ritmo de sus pasos, por si el arco iris machofaisán no fuese necesario para su meta olímpicoital. Su cortejo daba inicio, pero para un cortejo se necesita a dos. Así que decidió aumentar medio decibelio el frenesí de su danza multicolor, que atraía y refrectaba todos los tipos de luz, porque él era el gran faisán y porque todas las hembras hacia él se orientaban: luz blanca, rayos gamma, rayos alfa y rayos x. Infrarrojos, microondas, radioondas, toda esta radiación era su utillaje y el ritmo de su respiración, el pasaporte de su viaje hacia el gran éxito del cortejo cortés: el del faisán rey. El rey de las hembras.

El gran faisán corría cada vez más; el ritmo de sus pasos parecía un desprendimiento de nieve multicolor. O peor, un alud.

Una de las hembras, hiena, salió de unos matorrales.

El gran faisán continuaba inmerso en su danza imparable. Próximo destino: cualquier hembra presentable.

Entonces la hiena, atraída por ese inusualmente explosivo derroche de colores,

entonces la hiena, depredador impasible que no conoce reproches,

y entonces la hiena se lo zampó sin respirar.

Y dentro de lo que pudiera caber como conclusión,

se podría decir que lo que iguala los colores

no es una mala colada.

Es la digestión.

Ilustración: Josep María Bartolomé

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Te echo de menos

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El viaje

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El hombre solo

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Quiero ser sábana al viento

Quiero ser sábana al viento,

que se desprenda de mis tejidos

la palabra ornamento;

que la única meta del respirar

sea volar sujeta 

a dos pinzas de colores

y deslizarme en suaves ondas de viento zalamero;

que me recojan y me destripen

y de mi blanca piel escape

un hilo foragido

que eche a volar por el campo

y se enrede como madre

en un diente de león en cueros

y una niña que desee ser sábana al viento

lo coja, lo tome entre sus manos

y lo envíe a enredarse en cualquier tendedero.

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Epístola a máquina (de coser)

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Estiércol enamorado del fin

En un pegote

de estiércol

enterró unos deseos.

El ayer, naranja.

Y untado de grasa.

Ciudad premonitoria

de algo incipiente.

Miradas de alerta

y ruido inminente.

Se sacó

el pegote

del bolsillo.

Seco, inodoro

y sin brillo.

Se levantó

del asiento

de la parada de autobús.

El cielo hizo ‘bum’:

petardeo atmosférico.

Esquirlas naranjas

Y ruido frenético.

El cielo

se fundió

en una luz estroboscópica,

que siguió parpadeando

en una cadencia lóbrega,

que anunció la llegada

del torpedo ensordecedor,

que se llevó a la mujer

de la parada de bus redentor,

quien con prisa e imposición,

surcó el cielo horadando

los límites de velocidad,

que ya no servían

en esa ciudad.

… y, desde el mismo cielo cayó

un pegote de estiércol seco,

resquebrajado y hueco.

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A la cola en educación

Esta es la historia

de una madre drástica

que tuvo una idea fantástica,

pues quiso confundir

la crema solar

con la cola blanca… de enganchar.

–no era dañina, era de uso escolar–.

El niño de la bicicleta

–su hijo, si este dato te inquieta–

vociferaba en la playa,

y se pasaba de la raya,

exigiendo su helado

–de tres bolas y chocolate caramelizado–.

La madre untó a su hijo

del pegajoso ungüento blanco

y el niño quedó contento

y encolado,

pues pensaba que pronto llegaría su helado.

“Esto huele a detergente”, dijo él.

“Primero la crema. Sé paciente”.

El resultado fue soberbio:

una hierática paloma asceta,

–cero rabieta; totalmente quieta–

enganchada a su sillín,

sereno velero bergantín,

empuñando el manillar,

blanco hasta el paladar,

leyendo en el firmamento

el proverbio estelar:

“El Paraíso está en el regazo de una madre”

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Crujidos

–Me gustan demasiado las patatas fritas de bolsa. No lo puedo remediar… –le dijo al dietista.

–¿Pero qué es lo que más te gusta de ellas? ¿Su sabor?, ¿su sonoridad?, ¿ese crujido en tu oído cada vez que la muerdes?

–El crujido  –mintió.

El dietista se cruzó de piernas.

–Pues es muy fácil cambiar y lo puedes hacer a partir de ‘ya’: sustituye sonoridades. Sal a caminar por el bosque y cambia el crujido de esa patata frita por el crujido de una piña resonando bajo tus pies. Sentirás el mismo placer: te lo garantizo.

–¿En serio?

–Te lo garantizo. Y no hay que obsesionarse siempre con la misma sonoridad. Hay que introducir variaciones, matices… como un buen pentagrama. Si te aburres de los crujidos, introduce el leve chasquido de la celulosa de una hojita de lechuga bajo tus dientes.

–¿Celulos..?

–Celulosa, sí. He dicho ‘celulosa’; no ‘celulitis’. Jajajajajajaj.

El dietista se vuelve a cruzar de piernas y prosigue:

–Bien. ¿Nos vemos la semana que viene?

–No lo creo. Estaré sustituyendo sonoridades. En concreto, sustituiré el crujido de tu silla de madera cada vez que cruzas las piernas y me cebas de argumentos basura por el de unos torreznos 9,5 en la escala de Richter reventando bajo mis dientes mientras oigo el tintineo de una cucharita de metal metida en un frasco de mermelada. Será la mejor manera de introducir… matices.

La paciente da seis pasos silenciosos, abre la puerta y sale de la consulta.

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