A la cola en educación

Esta es la historia

de una madre drástica

que tuvo una idea fantástica,

pues quiso confundir

la crema solar

con la cola blanca… de enganchar.

–no era dañina, era de uso escolar–.

El niño de la bicicleta

–su hijo, si este dato te inquieta–

vociferaba en la playa,

y se pasaba de la raya,

exigiendo su helado

–de tres bolas y chocolate caramelizado–.

La madre untó a su hijo

del pegajoso ungüento blanco

y el niño quedó contento

y encolado,

pues pensaba que pronto llegaría su helado.

“Esto huele a detergente”, dijo él.

“Primero la crema. Sé paciente”.

El resultado fue soberbio:

una hierática paloma asceta,

–cero rabieta; totalmente quieta–

enganchada a su sillín,

sereno velero bergantín,

empuñando el manillar,

blanco hasta el paladar,

leyendo en el firmamento

el proverbio estelar:

“El Paraíso está en el regazo de una madre”

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Crujidos

–Me gustan demasiado las patatas fritas de bolsa. No lo puedo remediar… –le dijo al dietista.

–¿Pero qué es lo que más te gusta de ellas? ¿Su sabor?, ¿su sonoridad?, ¿ese crujido en tu oído cada vez que la muerdes?

–El crujido  –mintió.

El dietista se cruzó de piernas.

–Pues es muy fácil cambiar y lo puedes hacer a partir de ‘ya’: sustituye sonoridades. Sal a caminar por el bosque y cambia el crujido de esa patata frita por el crujido de una piña resonando bajo tus pies. Sentirás el mismo placer: te lo garantizo.

–¿En serio?

–Te lo garantizo. Y no hay que obsesionarse siempre con la misma sonoridad. Hay que introducir variaciones, matices… como un buen pentagrama. Si te aburres de los crujidos, introduce el leve chasquido de la celulosa de una hojita de lechuga bajo tus dientes.

–¿Celulos..?

–Celulosa, sí. He dicho ‘celulosa’; no ‘celulitis’. Jajajajajajaj.

El dietista se vuelve a cruzar de piernas y prosigue:

–Bien. ¿Nos vemos la semana que viene?

–No lo creo. Estaré sustituyendo sonoridades. En concreto, sustituiré el crujido de tu silla de madera cada vez que cruzas las piernas y me cebas de argumentos basura por el de unos torreznos 9,5 en la escala de Richter reventando bajo mis dientes mientras oigo el tintineo de una cucharita de metal metida en un frasco de mermelada. Será la mejor manera de introducir… matices.

La paciente da seis pasos silenciosos, abre la puerta y sale de la consulta.

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9 consejos para procurar hacer cosas poco prácticas

Eficiencia. Eficacia. Eficacia y Eficiencia. Dos hermanas gemelas de nuestro tiempo que se afanan en cumplir objetivos y estar alerta ante la más mínima sospecha de gasto de tiempo.

Prisas. La tía Prisas no da tregua.

Menuda familia.

Los 9 consejos para hacer cosas poco prácticas se deben tomar muy en serio y están dirigidos a todas aquellas personas que sacan el máximo provecho de su tiempo, pero que de vez en cuando pueden caer en frases como: Qué rápido pasan las vacaciones ó A ver si nos toca la lotería.

1 Paseos sin rumbo. Pasear sin rumbo es un juego. Y es imprescindible jugar para transitar en esta vida. Las calles se despliegan como una baraja de naipes. Los pensamientos fluyen, las ideas vuelan, los semáforos se ruborizan. El caprichoso movimiento mecánico del andar es el libre albedrío del pensar.

2 Reanimación cardioliteraria. La reanimación cardioliteraria se practica aplicando los siguientes pasos: coge el arrinconado libro de tu estante, límpiale el polvo y las capas de olvido, ábrelo, huele sus páginas, acaricia su lomo. ¿Vuelve a latir?

3 Tesoros urbanos. ¿Vives en una ciudad? Delante de tus fosas nasales hay tesoros urbanos: edificios inesperados, farolas elegantes, adoquines rebeldes, apariciones reales, murales de arte contemporáneo, nidos de pájaros, tríadas mágicas  y barandillas de balcones. Si tienes tiempo, observa si en alguno de los balcones alguien está asomado/a. Seguramente esa persona lleve un rato mirándote.

4 Saludos protocularios. Entrar en un lugar hostil (un banco) y saludar con buen humor es un choque gravitatorio necesario. Algunas personas incluso se asustarán. No te dejes abrumar ante esa posibilidad.

5 Géneros cisterna. Los textos escritos en las puertas de los lavabos contienen riqueza léxica, historias recién escritas; capítulos cerrados y otros por abrir. La puerta del lavabo sería una especie de portada de libro; un libro que no has necesitado comprar.

6 Geolocalizadores humanos. Los geolocalizadores humanos son aquellos sujetos que localizamos por la calle y a quienes preguntamos por una dirección, avenida o paseo concreto cuando nuestra orientación nos ha abandonado y se ha ido con otro. Pregunta por direcciones a la gente de la calle. ¡Qué poco práctico!

7 Los bolsillos son un falso diminutivo

Prueba algo sencillo:

rebusca dentro de tu bolsillo

De estación en estación,

te llevarás un sorpresón

Puede ser un simple botón,

o una vieja entrada de teatro.

Eso te dará una idea:

llamar de nuevo al colega

y compartir otra vez juntos

cerveza, cine o lo que sea.

8 No sin mi tinta. Los bolígrafos son el plasma de nuestras ideas. Siempre hay alguien que te pide un bolígrafo. Dona tinta.

9 Adopta una radio, ponle nombre y anuncia a todo el mundo la celebrada adopción, sobre todo a aquellos cuya respuesta seas perfectamente capaz de anticipar: “¿Una radio?, ¿¡para qué!? ¿No sabías que se puede escuchar la radio por Internet?” Eso es muy poco práctico. Mi respuesta sería prácticamente un:

“Claro que sí, imbécil, pero estoy aplicando el consejo número 9 del manual de autoayuda para hacer cosas poco prácticas”.

 

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La primera vez

  Mi poroso corazón-babosa

deja un surco de letras al arrastrarse.

Bivalvo errante,

corazón que late,

como todos los demás,

programados hasta el punto exacto

de la extenuación.

 

Pero hoy mi corazón errante

deja un surco de letras

al arrastrarse.

Letras sin antioxidantes.

Sin extenuación.

 

Ese es el amor.

 

Corazón de venas gordas,

insufladas de tinta perpetua.

La primera vez.

Amor de verdad.

Letras que impregnan

de humedad y sangre

las tinieblas.

 

Toqueteo con mis yemas de serrín

su trazo ondulado,

hermosa tipografía amniótica.

Coordenada

pseudoexistencial.

 

Aspiro con mis enmohecidos túneles nasales

la hoja de papel recién escrita,

fresca hierba que

mi lengua bovina pace y regurgita,

como la vaca Audhumla,

madre tierra;

lo único que sé,

lo único que conozco,

suave, salvaje, inhóspito,

mortal.

 

Madre Audhumla,

despierto y regurgito.

Es la primera vez que veo escrito….

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La verdad

–Me ha costado decírtelo, la verdad. No me atrevía.

–¿En serio?, ¿lo dices de verdad?

–Lo digo de verdad.

–Oh… qué bonito. De verdad que no me lo esperaba.

–Bueno… ¿y qué me dices?

–Bueno, la verdad es que…

[18 segundos después]

–Mira, de verdad. Déjalo.

–¡Que no! Verdaderamente me apetece.

–¿Lo dices de verdad?

–¡Claro que sí! De verdad que lo digo totalmente en serio.

–Será alucinante, ¿verdad?

–Totalmente, sí. De verdad que sí

[19 segundos después]

–A decir verdad, creo que a lo mejor deberíamos pensarlo mejor.

–¡Oh, no! No no… No me digas…

–No, no. No pasa nada. De verdad.

–¿Lo volvemos a hablar más adelante, entonces? De verdad que es una pena dejarlo sí.

–Sí. Es una pena. Bueno. Lo mejor es la sinceridad. Y eso es lo que hemos hecho, ¿verdad?

–Verdad. Verdad.

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Cantar de la artemisa Paradoja

Los derechos están del revés;

lo popular no es del pueblo;

la seguridad es insegura;

el vacío se colma;

la responsabilidad es irresponsable;

la protección no protege;

la política no es de la polis;

la democracia es antidemocrática;

el diálogo es monólogo;

las estructuras se desestructuran;

el miedo es valiente; miedosa su manifestación;

el Otro es uno y el uno es Otro;

la ilegalidad es legal;

la libertad se encadena;

las costuras están al aire;

el pájaro no vuela;

el jardín de anémonas es carbonizada mierda;

lo insoportable es soportable;

los ojos no miran;

la paz es violenta;

el aliento es frío;

el descanso es agitado;

el orgasmo es disperso;

la sonrisa no sonríe;

el hilo se deshilacha;

lo dulce es amargo;

la salvación es insalvable;

la comunicación no comunica;

las esdrújulas son monosílabas;

los abrazos no abrazan;

los cuerpos nacidos para tocarse son cuerpos nacidos para repelerse;

la crianza es estéril;

la madre no amamanta;

el día anochece;

el saludo es un adiós;

lo sencillo es complicado;

la vida es moribunda;

lo poco abunda;

el perfume apesta;

el gigante es pequeño;

la copia es lo verdaderamente auténtico;

lo distinto es lo idéntico;

el silencio es ruido, un ruido tremendo;

la verdad siempre fue mentira;

la tierra no germina;

el aplauso no aplaude;

el mayor desorden es el calculado orden;

lo único bonito fue lo más horripilante;

el egoísmo es generoso en su extensión;

la imaginación es, en muchos casos, inimaginable;

la única manera de plantarse es seguir hacia adelante;

lo desconocido es lo que más conocemos;

la cabeza cae a los pies, y de ahí al suelo.

 

El suelo es el techo.

La consciencia, inconsciente.

Mucha gente, indigente.

La llave no abre nada.

Quiero intentar, al menos, fabricarla.

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Salimos a poetizar el mundo… y lo hicimos

Viernes 15 de septiembre de 2017. Charcos intermitentes de lluvia despechada se acumulan a lo largo del Paseo Francesc Macià y brillan a las órdenes de la luz vespertina, esperando a que un niño los pise con explosiva alegría. Pero los niños ya no pisan charcos, ni aunque los charcos se vistan de lago.

[Inciso 1: ha llovido mucho desde estas Jornadas. Ha pasado media vida. Eso es producto del histérico devenir diario. No estoy poniendo excusas otra vez por escribir una crónica tarde, pero si lo que buscas es un rotativo con noticias actualizadas de última hora, te has equivocado de web. ¡Sigue leyendo!]

[Inciso 2: mis crónicas tardías son una metáfora de lo tarde tarde y tarde que cobra el pobre autónomo. ¡Sigue leyendo!]

Avanzo con prisas, oteando los semáforos en busca de un teatro donde –dice el panfleto– se destilará Poesía. Esta es una crónica sobre el primer día de las III Jornadas Caravansari de Poesía en lenguas peninsulares, así que no pienso añadir ni un ápice connotativo. “Cíñete al código de este artículo: servidora de la información, y no una traidora traductora, como siempre”, me dice la conciencia. “Bueno, lo intentaré”, le respondo yo. “Y déjame en paz, que no encuentro la calle del Teatro Sagarra”.

Por qué mi conciencia me ha salido tan impertinente y mi sentido de la orientación, inexistente. Cuando discuten entre ellas, es el fin.

Sigo avanzando, desoyendo a la pesada conciencia. Dos Señoras más en mi lista de geolocalizadores humanos han señalado con sus dedos firmes hacia el Carrer del President Lluís Companys y me han conducido hacia Ítaca. Señoras así son imprescindibles cuando se trata de buscar la sala de un teatro que se está haciendo de rogar, como una primera cita.

Santa Coloma de Gramenet, municipio a menudo ignorado para los más culturalmente asépticos barceloneses, que buscan cultura y ocio donde los gigantes promotores anuncian cultura y ocio. En Santa Coloma los teatros y librerías refulgen como luciérnagas. No quiero hacerme una idea preconcebida. Asisto a las Jornadas como simple espectadora y, aunque la Revista ya hace tiempo que me parece una de las más interesantes muestras de literatura actual, me siento sin más atraída por la llamada de la Poesía y la Traducción. Pero pongo mi teléfono en silencio por si acaso me llaman de verdad.

 

La jornada comienza con los versos de la catalana Laia Noguera, que transpiraban  belleza de lo mundano. La autora de Qué extraña ventana y Amor total entregó unos poemas musicados al público, teñidos de luz, con acompañamiento de guitarra acústica y evocaciones que cantaban al descubrimiento del amor, a las pequeñas cosas bellas, a la vitalidad y a la claridad de lo certero cuando se pueden condensar determinados momentos de la vida en poesía. La poetisa tradujo los versos del castellano al catalán: dos versiones en dos lenguas que expandían la expresión de la belleza.

El segundo poeta, el gallego Gonzalo Hermo, tejió una poesía introspectiva que crecía y se extendía entre las butacas del público con la evocación del amor puro, mientras sus poemas en gallego se alternaban con la traducción al castellano de Míriam Reyes, que en la traductora pasaban por un tamiz suave y profundo.

El tercer poeta fue el portugués Miguel Manso. Sus versos, de cadencia huidiza y trasfondo salvaje, hablaban de los recuerdos de una juventud anhelada; de errores y riesgos y de búsquedas constantes. Tras la lectura de cada poema, entraba en escena su traductor al catalán y recitaba su verso con una palabra más incisiva. Descubríamos, detrás de cada significante, cómo el poema traducido había renacido en su lengua de destino, y había vuelto a resonar y a volar libre, paralelo, hermanado en el sentimiento de fondo.

Pausa antes del colofón final. El teatro latía de poesía y sólo quedaba esperar a la poeta y traductora Míriam Reyes y al escritor Bernardo Atxaga.

Reyes recitó poemas cargados de tensa suavidad, en una cadencia que alternaba sensaciones de conflicto y sensualidad. Lo físico y lo espiritual se entrelazaban en el viaje del ‘yo’, en el exilio de la artista viajera que empieza de nuevo y vuelve a tejer sus hilos existenciales en su nuevo hogar. Pero entre sus versos también se escondía el exilio interno del ‘yo’, la autobúsqueda y las pulsiones salvajes que nos mantienen vivos. La poetisa mantuvo en vilo al público y lo hizo viajar a través de la piel y el espíritu porque sus poemas hablaban de lo físico y lo espiritual, volando ambos en vuelo rasante.

Bernardo Atxaga fue el último poeta en salir a escena. A través de uno de sus Poemarios, Etiopia, recreó una alegoría animalística donde el ser humano obedecía al orden animal y no al revés; una especie de fábula inversa en la que no faltó el humor. El autor de Set cases a França (2009) tiró de ingenio artístico para evocar juegos de palabras, lirismo, reflexiones existencialistas y dobles sentidos, desplegando versos que intercalaba entre euskera y castellano, haciéndonos partícipes de su poético arsenal de palabras palpitantes.

Tenemos que poetizar el mundo. Jornadas como esta contribuyen a ello. Pero no es suficiente. Menos emprendeduría, menos ley de la eficacia, competencia y fraudeprogreso y más poesía. Los colegios, centros culturales, hospitales, hogares, gasolineras y estaciones de tren merecen tener un espacio dedicado a la palabra oral. La poesía no es papel impreso; va más allá del artefacto literario o de las publicaciones. Compartir palabras y hacerlas volar es lo que echa de menos esta sociedad enferma.

Poeticemos el mundo.

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Útero (onírica estación)

No

a la voz cantante que encima canta mal,

No

al peligroso ignorante que cree poseer la verdad

No

al que no tiene tiempo de mirar de verdad

No

al que escupe palabras de otro, como una verde cotorra acabada de pintar

No

a las prisas del capital

No

al discurso plastificado de la engañosa comodidad

No

a los que se creen más porque creen que tienen más

No

al macho y a su machete

No

al asfalto que pretende aplastar la duda existencial

al eterno útero y su onírica estación

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Derechos de autor (expirados)

–¡Felicidades!

–Gracias… ¿pero por qué?

–Por tu novela.

–Ah, sí. ¡Gracias! ¿Te la has leído?

–Hombre… cómo no.

–Ah. Me extraña: cuando vivíamos juntos, apenas leías.

–Sí, tienes razón. Estaba todo el día intentando arreglar discusiones y apenas tenía tiempo…

–Ya.

–De todas formas, tampoco tiene tanto mérito.

–¿El qué?

–Lo que has hecho.

–¿Haberme ido de casa?

–No. Haber escrito tu novela.

–Sí, es verdad. Tienes razón.

–Me tendrías que haber avisado.

–¿De que me iba a ir de casa?

–No. De que salgo en la novela.

–No te preocupes. Eso sólo lo notas tú.

–Pero de todas maneras, es muy fácil lo que has hecho. Eso lo hace cualquiera. Escribir sobre alguien, utilizarlo, para lucrarse. Eso es de cobardes.

–Tienes razón. Es muy fácil. Por eso me decidí a hacerlo: porque era fácil… ¡y no te creas que además se gana dinero! Escribir es un arte para pobres. Por no hablar de los derechos de autor: inexistentes.

–Entonces, de qué te sirve.

–Tienes razón: de qué me sirve.

–…

–Si es que no se gana nada y encima no es lo que parece.

–Pues eso.

–Pero aún y así, ha merecido la pena.

–¿Cómo?

–Ha merecido la pena porque el autor de la obra ya no tiene ningún derecho sobre mí. Y fue pura ficción.

–¿El qué?, ¿lo nuestro?

–No.

–¿¿La novela??

–Fue pura ficción el más mínimo amago de presunción, por parte del autor, de que tuviese algún derecho sobre mí.

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El adoquín brotado

Érase una vez

un adoquín brotado

al que llamaban marginado,

por eso estaba preocupado.

Pero un día descubrió

que cuanto más crecía,

más se desprendía

del gris alquitrán.

Así que extendió

su brote,

sin plantearse qué dirán,

y lo hizo crecer y crecer,

hasta arrancarse del suelo,

hasta arrancarse

del alquitrán.

Y fue a contarle

la historia de su huida

a su amiga Clorofila

a quien por cierto hacía tiempo

que no veía.

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