La primera vez

  Mi poroso corazón-babosa

deja un surco de letras al arrastrarse.

Bivalvo errante,

corazón que late,

como todos los demás,

programados hasta el punto exacto

de la extenuación.

 

Pero hoy mi corazón errante

deja un surco de letras

al arrastrarse.

Letras sin antioxidantes.

Sin extenuación.

 

Ese es el amor.

 

Corazón de venas gordas,

insufladas de tinta perpetua.

La primera vez.

Amor de verdad.

Letras que impregnan

de humedad y sangre

las tinieblas.

 

Toqueteo con mis yemas de serrín

su trazo ondulado,

hermosa tipografía amniótica.

Coordenada

pseudoexistencial.

 

Aspiro con mis enmohecidos túneles nasales

la hoja de papel recién escrita,

fresca hierba que

mi lengua bovina pace y regurgita,

como la vaca Audhumla,

madre tierra;

lo único que sé,

lo único que conozco,

suave, salvaje, inhóspito,

mortal.

 

Madre Audhumla,

despierto y regurgito.

Es la primera vez que veo escrito….

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La verdad

–Me ha costado decírtelo, la verdad. No me atrevía.

–¿En serio?, ¿lo dices de verdad?

–Lo digo de verdad.

–Oh… qué bonito. De verdad que no me lo esperaba.

–Bueno… ¿y qué me dices?

–Bueno, la verdad es que…

[18 segundos después]

–Mira, de verdad. Déjalo.

–¡Que no! Verdaderamente me apetece.

–¿Lo dices de verdad?

–¡Claro que sí! De verdad que lo digo totalmente en serio.

–Será alucinante, ¿verdad?

–Totalmente, sí. De verdad que sí

[19 segundos después]

–A decir verdad, creo que a lo mejor deberíamos pensarlo mejor.

–¡Oh, no! No no… No me digas…

–No, no. No pasa nada. De verdad.

–¿Lo volvemos a hablar más adelante, entonces? De verdad que es una pena dejarlo sí.

–Sí. Es una pena. Bueno. Lo mejor es la sinceridad. Y eso es lo que hemos hecho, ¿verdad?

–Verdad. Verdad.

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Cantar de la artemisa Paradoja

Los derechos están del revés;

lo popular no es del pueblo;

la seguridad es insegura;

el vacío se colma;

la responsabilidad es irresponsable;

la protección no protege;

la política no es de la polis;

la democracia es antidemocrática;

el diálogo es monólogo;

las estructuras se desestructuran;

el miedo es valiente; miedosa su manifestación;

el Otro es uno y el uno es Otro;

la ilegalidad es legal;

la libertad se encadena;

las costuras están al aire;

el pájaro no vuela;

el jardín de anémonas es carbonizada mierda;

lo insoportable es soportable;

los ojos no miran;

la paz es violenta;

el aliento es frío;

el descanso es agitado;

el orgasmo es disperso;

la sonrisa no sonríe;

el hilo se deshilacha;

lo dulce es amargo;

la salvación es insalvable;

la comunicación no comunica;

las esdrújulas son monosílabas;

los abrazos no abrazan;

los cuerpos nacidos para tocarse son cuerpos nacidos para repelerse;

la crianza es estéril;

la madre no amamanta;

el día anochece;

el saludo es un adiós;

lo sencillo es complicado;

la vida es moribunda;

lo poco abunda;

el perfume apesta;

el gigante es pequeño;

la copia es lo verdaderamente auténtico;

lo distinto es lo idéntico;

el silencio es ruido, un ruido tremendo;

la verdad siempre fue mentira;

la tierra no germina;

el aplauso no aplaude;

el mayor desorden es el calculado orden;

lo único bonito fue lo más horripilante;

el egoísmo es generoso en su extensión;

la imaginación es, en muchos casos, inimaginable;

la única manera de plantarse es seguir hacia adelante;

lo desconocido es lo que más conocemos;

la cabeza cae a los pies, y de ahí al suelo.

 

El suelo es el techo.

La consciencia, inconsciente.

Mucha gente, indigente.

La llave no abre nada.

Quiero intentar, al menos, fabricarla.

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Salimos a poetizar el mundo… y lo hicimos

Viernes 15 de septiembre de 2017. Charcos intermitentes de lluvia despechada se acumulan a lo largo del Paseo Francesc Macià y brillan a las órdenes de la luz vespertina, esperando a que un niño los pise con explosiva alegría. Pero los niños ya no pisan charcos, ni aunque los charcos se vistan de lago.

[Inciso 1: ha llovido mucho desde estas Jornadas. Ha pasado media vida. Eso es producto del histérico devenir diario. No estoy poniendo excusas otra vez por escribir una crónica tarde, pero si lo que buscas es un rotativo con noticias actualizadas de última hora, te has equivocado de web. ¡Sigue leyendo!]

[Inciso 2: mis crónicas tardías son una metáfora de lo tarde tarde y tarde que cobra el pobre autónomo. ¡Sigue leyendo!]

Avanzo con prisas, oteando los semáforos en busca de un teatro donde –dice el panfleto– se destilará Poesía. Esta es una crónica sobre el primer día de las III Jornadas Caravansari de Poesía en lenguas peninsulares, así que no pienso añadir ni un ápice connotativo. “Cíñete al código de este artículo: servidora de la información, y no una traidora traductora, como siempre”, me dice la conciencia. “Bueno, lo intentaré”, le respondo yo. “Y déjame en paz, que no encuentro la calle del Teatro Sagarra”.

Por qué mi conciencia me ha salido tan impertinente y mi sentido de la orientación, inexistente. Cuando discuten entre ellas, es el fin.

Sigo avanzando, desoyendo a la pesada conciencia. Dos Señoras más en mi lista de geolocalizadores humanos han señalado con sus dedos firmes hacia el Carrer del President Lluís Companys y me han conducido hacia Ítaca. Señoras así son imprescindibles cuando se trata de buscar la sala de un teatro que se está haciendo de rogar, como una primera cita.

Santa Coloma de Gramenet, municipio a menudo ignorado para los más culturalmente asépticos barceloneses, que buscan cultura y ocio donde los gigantes promotores anuncian cultura y ocio. En Santa Coloma los teatros y librerías refulgen como luciérnagas. No quiero hacerme una idea preconcebida. Asisto a las Jornadas como simple espectadora y, aunque la Revista ya hace tiempo que me parece una de las más interesantes muestras de literatura actual, me siento sin más atraída por la llamada de la Poesía y la Traducción. Pero pongo mi teléfono en silencio por si acaso me llaman de verdad.

 

La jornada comienza con los versos de la catalana Laia Noguera, que transpiraban  belleza de lo mundano. La autora de Qué extraña ventana y Amor total entregó unos poemas musicados al público, teñidos de luz, con acompañamiento de guitarra acústica y evocaciones que cantaban al descubrimiento del amor, a las pequeñas cosas bellas, a la vitalidad y a la claridad de lo certero cuando se pueden condensar determinados momentos de la vida en poesía. La poetisa tradujo los versos del castellano al catalán: dos versiones en dos lenguas que expandían la expresión de la belleza.

El segundo poeta, el gallego Gonzalo Hermo, tejió una poesía introspectiva que crecía y se extendía entre las butacas del público con la evocación del amor puro, mientras sus poemas en gallego se alternaban con la traducción al castellano de Míriam Reyes, que en la traductora pasaban por un tamiz suave y profundo.

El tercer poeta fue el portugués Miguel Manso. Sus versos, de cadencia huidiza y trasfondo salvaje, hablaban de los recuerdos de una juventud anhelada; de errores y riesgos y de búsquedas constantes. Tras la lectura de cada poema, entraba en escena su traductor al catalán y recitaba su verso con una palabra más incisiva. Descubríamos, detrás de cada significante, cómo el poema traducido había renacido en su lengua de destino, y había vuelto a resonar y a volar libre, paralelo, hermanado en el sentimiento de fondo.

Pausa antes del colofón final. El teatro latía de poesía y sólo quedaba esperar a la poeta y traductora Míriam Reyes y al escritor Bernardo Atxaga.

Reyes recitó poemas cargados de tensa suavidad, en una cadencia que alternaba sensaciones de conflicto y sensualidad. Lo físico y lo espiritual se entrelazaban en el viaje del ‘yo’, en el exilio de la artista viajera que empieza de nuevo y vuelve a tejer sus hilos existenciales en su nuevo hogar. Pero entre sus versos también se escondía el exilio interno del ‘yo’, la autobúsqueda y las pulsiones salvajes que nos mantienen vivos. La poetisa mantuvo en vilo al público y lo hizo viajar a través de la piel y el espíritu porque sus poemas hablaban de lo físico y lo espiritual, volando ambos en vuelo rasante.

Bernardo Atxaga fue el último poeta en salir a escena. A través de uno de sus Poemarios, Etiopia, recreó una alegoría animalística donde el ser humano obedecía al orden animal y no al revés; una especie de fábula inversa en la que no faltó el humor. El autor de Set cases a França (2009) tiró de ingenio artístico para evocar juegos de palabras, lirismo, reflexiones existencialistas y dobles sentidos, desplegando versos que intercalaba entre euskera y castellano, haciéndonos partícipes de su poético arsenal de palabras palpitantes.

Tenemos que poetizar el mundo. Jornadas como esta contribuyen a ello. Pero no es suficiente. Menos emprendeduría, menos ley de la eficacia, competencia y fraudeprogreso y más poesía. Los colegios, centros culturales, hospitales, hogares, gasolineras y estaciones de tren merecen tener un espacio dedicado a la palabra oral. La poesía no es papel impreso; va más allá del artefacto literario o de las publicaciones. Compartir palabras y hacerlas volar es lo que echa de menos esta sociedad enferma.

Poeticemos el mundo.

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Útero (onírica estación)

No

a la voz cantante que encima canta mal,

No

al peligroso ignorante que cree poseer la verdad

No

al que no tiene tiempo de mirar de verdad

No

al que escupe palabras de otro, como una verde cotorra acabada de pintar

No

a las prisas del capital

No

al discurso plastificado de la engañosa comodidad

No

a los que se creen más porque creen que tienen más

No

al macho y a su machete

No

al asfalto que pretende aplastar la duda existencial

al eterno útero y su onírica estación

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Derechos de autor (expirados)

–¡Felicidades!

–Gracias… ¿pero por qué?

–Por tu novela.

–Ah, sí. ¡Gracias! ¿Te la has leído?

–Hombre… cómo no.

–Ah. Me extraña: cuando vivíamos juntos, apenas leías.

–Sí, tienes razón. Estaba todo el día intentando arreglar discusiones y apenas tenía tiempo…

–Ya.

–De todas formas, tampoco tiene tanto mérito.

–¿El qué?

–Lo que has hecho.

–¿Haberme ido de casa?

–No. Haber escrito tu novela.

–Sí, es verdad. Tienes razón.

–Me tendrías que haber avisado.

–¿De que me iba a ir de casa?

–No. De que salgo en la novela.

–No te preocupes. Eso sólo lo notas tú.

–Pero de todas maneras, es muy fácil lo que has hecho. Eso lo hace cualquiera. Escribir sobre alguien, utilizarlo, para lucrarse. Eso es de cobardes.

–Tienes razón. Es muy fácil. Por eso me decidí a hacerlo: porque era fácil… ¡y no te creas que además se gana dinero! Escribir es un arte para pobres. Por no hablar de los derechos de autor: inexistentes.

–Entonces, de qué te sirve.

–Tienes razón: de qué me sirve.

–…

–Si es que no se gana nada y encima no es lo que parece.

–Pues eso.

–Pero aún y así, ha merecido la pena.

–¿Cómo?

–Ha merecido la pena porque el autor de la obra ya no tiene ningún derecho sobre mí. Y fue pura ficción.

–¿El qué?, ¿lo nuestro?

–No.

–¿¿La novela??

–Fue pura ficción el más mínimo amago de presunción, por parte del autor, de que tuviese algún derecho sobre mí.

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El adoquín brotado

Érase una vez

un adoquín brotado

al que llamaban marginado,

por eso estaba preocupado.

Pero un día descubrió

que cuanto más crecía,

más se desprendía

del gris alquitrán.

Así que extendió

su brote,

sin plantearse qué dirán,

y lo hizo crecer y crecer,

hasta arrancarse del suelo,

hasta arrancarse

del alquitrán.

Y fue a contarle

la historia de su huida

a su amiga Clorofila

a quien por cierto hacía tiempo

que no veía.

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Un barco de regalo

“Un barco de regalo”, Peter Dickinson
Original en inglés “The Gift Boat”
Traducción: Isabel Núñez Salmerón
Ediciones Salamandra, 2006

 

 

 

 

“Un barco de regalo”, escrita por el autor británico Peter Dickinson, es una narración sobre la importancia de los lazos afectivos en una determinante etapa de la vida como es la infancia. La novela trata la historia del muchacho Gavin y de su abuelo, un ingeniero naval ya retirado que insufla en su nieto un imaginario imborrable. Abuelo y nieto salen a pescar con frecuencia al rompeolas del puerto,  donde el veterano ingeniero apasionado de los barcos comparte tiempo con Gavin mientras le explica las mejores historias sobre barcos y sobre enigmáticos animales marinos. Les acompaña en sus sesiones de pesca el insípido perro Dodgem como testigo de su fuerte complicidad. Pero hay otro testigo que aparece, sin esperarlo, en el transcurso de una de sus jornadas de pesca: se trata de una foca de ojos grandes y redondos que emerge a la superficie y mira fijamente al niño. Poco después, Gavin se dará cuenta de que aquella criatura que había decidido asomarse no es otra que una selkie, una foca humana siempre vigilante que se revelará imprescindible para el niño cuando este la necesite.

Una tarde, cuando abuelo y nieto se hallan reunidos en el dormitorio acabando de ultimar la maqueta de barco que el veterano le está construyendo, el anciano sufre, de repente, un severo ataque de hemiplejía que exigirá la reacción inmediata de Gavin. El ingreso del abuelo y las idas y venidas al hospital serán, a partir de entonces, el puntal sobre el cual se soporta la vida de Gavin, para quien la familia y amigos pasan a un absoluto segundo plano. Las energías estarán centradas exclusivamente en la recuperación del abuelo. Pero toda la ternura y dedicación de Gavin –con ayuda de las enfermeras y fisioterapeutas– no serán suficientes para tomar el contacto necesario que necesita su abuelo. Acceder y despertar su conciencia se convierten en su única razón de vivir. Pero las posibilidades de recuperación son más exiguas día tras día y el joven se encuentra cada vez más exhausto. Cuando todo parece perdido, Gavin tiene una revelación. Se lo juega a todo o a nada, pero tiene que intentarlo, así que echa mano de Selkie, su recién bautizada maqueta de barco, con la que emprenderá el viaje definitivo.

“Un barco de regalo” es una obra de exquisita sencillez, donde lo poco que pasa es, en realidad, lo verdaderamente interesante. Una trama sobre la ausencia paterna, sobre los vínculos imprescindibles, sobre dos fuerzas contrapuestas que se nutren y complementan, sobre el mapa del tesoro del imaginario que nos rescata del ahogo existencial. La ternura se cuela entre cada línea de la historia, donde vemos con realismo a los personajes, con los ojos que no engañan.

La obra, no por ahondar en la conciencia de un niño debe ser catalogada como juvenil, y mucho más allá de ese matiz, describe uno de los males de nuestro tiempo: la falta de tiempo, de tiempo real entre las personas.

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El último poema

Desde el último poema que te escribí,

todos los demás poemas

me parecen un timo, un desatino, un crucigrama gélido e hilarante, un banquete de

estulticias.

Desde la última caricia, me parece el mundo un lugar resfriado, raquítico y ruidoso,

un infernal chiki park en el que crepitan palomitas negras, en el que borbotea la sonrisa de

postín porque debajo de ella hierven los odios infiltrados.

¡Nos amamos!

Desde los últimos versos sangrientos, me apetece respirar, dejar de pensar, dejarlo todo al

azar.

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Pensa miento

–¿En qué piensas, cariño?

–En nadie.

–No te he preguntado en quién, sino en qué.

–¡Ah! En ti. Como siempre. ¿Y tú?

–¿Yo? En ti. Por supuesto. Pensaba que ya lo sabías.

–No lo sabía. Por eso te lo he preguntado.

–Bueno, pues es una pregunta retórica.

–No. Es una pregunta neutra.

–Pero no entiendo a qué viene. No entiendo de dónde la sacas. No entiendo por qué llegas a esa conclusión.

–Yo no he llegado a ninguna conclusión. Sólo la he visto.

–¿A quién? No sé de qué me hablas. ¿A quién has visto?

–No me refería a quién, sino a qué.

–¿Cómo?

–A tu sonrisa. A la sonrisa de imbécil en tu cara mientras te preguntaba en qué estabas pensando.

–Tú también estabas sonriendo.

–Ya lo sé.

–¿Y por qué?

–Porque pensaba en ti. ¿Y tú?

–¿Yo? En ti. Por supuesto. Pensaba que ya lo sabías.

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