Derechos de autor (expirados)

–¡Felicidades!

–Gracias… ¿pero por qué?

–Por tu novela.

–Ah, sí. ¡Gracias! ¿Te la has leído?

–Hombre… cómo no.

–Ah. Me extraña: cuando vivíamos juntos, apenas leías.

–Sí, tienes razón. Estaba todo el día intentando arreglar discusiones y apenas tenía tiempo…

–Ya.

–De todas formas, tampoco tiene tanto mérito.

–¿El qué?

–Lo que has hecho.

–¿Haberme ido de casa?

–No. Haber escrito tu novela.

–Sí, es verdad. Tienes razón.

–Me tendrías que haber avisado.

–¿De que me iba a ir de casa?

–No. De que salgo en la novela.

–No te preocupes. Eso sólo lo notas tú.

–Pero de todas maneras, es muy fácil lo que has hecho. Eso lo hace cualquiera. Escribir sobre alguien, utilizarlo, para lucrarse. Eso es de cobardes.

–Tienes razón. Es muy fácil. Por eso me decidí a hacerlo: porque era fácil… ¡y no te creas que además se gana dinero! Escribir es un arte para pobres. Por no hablar de los derechos de autor: inexistentes.

–Entonces, de qué te sirve.

–Tienes razón: de qué me sirve.

–…

–Si es que no se gana nada y encima no es lo que parece.

–Pues eso.

–Pero aún y así, ha merecido la pena.

–¿Cómo?

–Ha merecido la pena porque el autor de la obra ya no tiene ningún derecho sobre mí. Y fue pura ficción.

–¿El qué?, ¿lo nuestro?

–No.

–¿¿La novela??

–Fue pura ficción el más mínimo amago de presunción, por parte del autor, de que tuviese algún derecho sobre mí.

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