Crisis de pareja entre autor y traductor… bienvenida, Señora Fidelidad

A veces en la traducción las cosas no fluyen. A veces traducimos libros que nos interesan un pimiento. A veces, nos toca traducir libros cuya temática central versa en torno a tipologías y modalidades de hormigoneras. En estos casos, usaríamos los libros que estamos traduciendo como reposapiés. Desearíamos chasquear los dedos y que el libro sencillamente desapareciese, se esfumase, se evaporase, o se convirtiese en nitrógeno líquido para que cualquier cocinero supuestamente vanguardista experimentase con él, y con su sabor a cemento.

Por otra parte, siempre he pensado que hay que traducirlo todo (maticemos: se entiende que, si eres traductor literario, no te vas a poner a traducir libros sobre ingeniería genética, pero al inicio de tu carrera o incluso entre novela y novela siempre puede caer un encargo de temática inesperada, y por tanto hay que trabajar sobre la base de la versatilidad, especialmente en épocas de vacas flacas y, por encima de todo, siempre teniendo en cuenta el aprendizaje que, por cursi que suene, es una de las constantes del inquieto traductor). El traductor debe ser hasta cierto punto selectivo, sí, pero eso sólo ocurre cuando hemos acumulado suficiente experiencia enciclopédica. ¿Eres Diderot? Pues traduce, coño.

En efecto. A veces traducimos libros soporíferos. Nos ha tocado, como pareja, a un autor insanamente aburrido. Es más: nos cae mal, no nos gusta nada de lo que escribe, y encima, ¡se instala en nuestra mesa de trabajo, y nos pide relación! Y tenemos que seguirlo allá donde vaya, y trazar su recorrido línea por línea. Una relación constante, además, de días y semanas hasta culminar la obra. ¡Ahórrese el clímax, por favor! Hay dos maneras de tomarlo: como un mal menor o como una tortura.

La primera opción nos asegura coger el toro por los cuernos, superar la crisis de pareja y traducir a nuestro autor por dentro y por fuera. Por dentro: ahondar en el significado de lo que dice. Por fuera: expresarlo con las palabras de la lengua de destino. Nuestras palabras. No las del autor. La fidelidad se salvaguarda, pero los matices fluctúan. Cuando se traduce, las líneas y entrelíneas del texto pasan por el tamiz subjetivo del traductor. Su poso ideológico y cultural interviene irremediablemente y lo lleva a elegir, y en la elección radica la mayor o menor fidelidad al texto.

Si has escogido la opción de la tortura, el texto caerá sobre ti como una losa y la fidelidad literalmente entendida se irá definitivamente al garete -con y sin matices-; traducirás sin interés y tu desinterés saltará en el texto, como una piraña, directamente contra tu tabique nasal.

Con independencia de que nos guste o no el libro que estamos traduciendo, el eslabón de la fidelidad se mueve y se ajusta con más o menos precisión. Los deslices existen y la fidelidad es relativa, como una carretera sinuosa de la que ignoramos sus curvas.

¿Que la traducción es una reproducción fiel del original? ¡Ingenuos!

Para glosarlo, nada mejor que un fragmento de la novela de Andrés Neuman, “El viajero del siglo”.

El profesor Mietter seguía discurriendo sobre la fidelidad al original y el respeto a la palabra del autor. Hans levantó un dedo y, para su sorpresa, el profesor calló en el acto y le cedió la palabra con un ademán cortés. La boca mesurada del profesor engulló un triángulo de piña en almíbar.

Comprendo su opinión, dijo Hans algo nervioso, pero creo que esa fidelidad es una paradoja (Rudi se volvió hacia él y lo miró con fijeza: ¿y ahora de qué estamos hablando?, pensó Hans), quiero decir, en el fondo es una paradoja, porque en el mismo instante en que aparece en escena otro texto la fidelidad es inalcanzable, el poema ya es distinto, se ha convertido en otro. Hay que contar con eso, no es posible reescribir literalmente nada, ni siquiera una palabra. Algunos traductores le temen a esa transformación, como si en vez de un cambio fuera una deslealtad. Pero si se hace bien, si el esfuerzo de interpretación da los frutos correctos, el texto puede incluso mejorar, o al menos convertirse en otro poema tan digno como su antecesor. Y le diría más, precisamente por lealtad a su naturaleza poética, pienso que un traductor tiene la obligación de reescribir el original, o sea devolverle al lector un auténtico poema en su propia lengua. Ese es el riesgo, y quizá lo más difícil. El caso es que para mí no queda otro remedio que asumir ese riesgo. Y no nos engañemos: ni siquiera el original tiene un sentido único, leerlo también es traducirlo, nunca podemos estar totalmente seguros de qué dice un poema en nuestra lengua materna. Tal como la entiendo, una traducción no se compone de una voz de autoridad y otra voz que la obedece, es más bien un encuentro entre dos voluntades literarias. Al fin y al cabo siempre hay una tercera persona, ¿no?, quiero decir, un tercero en discordia, eh, que vendría a ser el lector.

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