La vida soñada de Rachel Waring

“La vida soñada de Rachel Waring”, Stephen Benatar
Traducción: Jon Bilbao
Impedimenta, 2015.
Ficción.

 

 

La soledad rasante

El escritor londinense Stephen Royce Benatar publicó La vida soñada de Rachel Waring en 1982. En los sucesivos años, la repercusión del ejemplar pasaría por diversas fases, iniciándose con una breve tirada, un intento de reedición en 2007 y una subsiguiente y poco fructuosa fase de autopublicación. Entonces, el manuscrito fue leído por el editor de The New York Review of Books, Edwin Franks, quien, fascinado por la historia, volvería a publicar la novela en febrero de 2010, momento a partir del cual la obra pasaría a ser conocida por el gran público.

El personaje de Rachel Waring nos recuerda a una suerte de Madame Bovary con sucesivas capas internas: sólo así se entiende que Rachel consiga engañar al lector sirviéndose de sus auto-reflexiones como arma dialéctica. Porque no se deja conocer. Una de sus reflexiones es su propio epitafio, que ella misma formula:

Tuvo fortaleza. Y siempre buscó algo

Waring es una impoluta, dócil y gentil dama inglesa de clase media que un buen día decide abandonar Londres, dejar de compartir piso con su molesta y fumadora compañera Sylvia, e irse a vivir a una casa georgiana en Bristol, cerca de la calle St. John’s Wood, lugar de residencia de su difunta tía abuela Alícia. En Bristol conoce a la familia Allsop, se inicia en la escritura de una novela y comienza a tejer su círculo social.

La tía Alícia ocupa el lugar del enigma en la novela: poco sabemos de ella, pero intuimos que es la pieza del puzzle.

Rachel tiene una vida azarosa, ocupada, llena y nutrida. Responsabilidades sociales, quehaceres comerciales, relación con autoridades religiosas del pueblo, preocupaciones técnicas sobre las mejoras estéticas de su nueva casa. Sin embargo, una línea disfuncional comienza a sementar el relato: Rachel se compra un cuadro y poco a poco el cuadro se convierte en un elemento que no decora su vida, sino que la vertebra.

Una sensación de extrañeza persigue cada uno de los pasos de la protagonista y contagia al lector, confuso ante la aparente liviandad de la vida de Waring.

Rachel escribe su novela, y sufre de horror vacui. Rachel rememora sus amores de juventud, y descubrimos la mortal laguna del amor en su vida. La realidad desciende en vuelo rasante y se codea con la soledad. No obstante, parece que todo sigue igual para ella, pues Rachel se siente ocupada, ociosa, satisfecha.

Pero comenzamos a destaparla.

Horacio es su gran amor, con quien mejor se compenetra. Cuando su devoción por él alcanza su punto más álgido, comenzamos a comprender -o quizá nos resistimos a ello- dónde radica el más grande trauma que ha partido su vida en dos. Cartas de amor que nunca llegaron y la presencia de una madre aniquiladora de ilusiones. La vida afectiva de Rachel lleva tiempo en suspenso, esperando algo.

El personaje de Rachel es abrupto en su interior y suave en su exterior. Rachel se sigue esforzando, intenta vivir una vida que se le escapa. Cuando por fin llega la última y la gran prueba irrefutable, empezamos a padecer. Nos lo temíamos: la tía Alícia ha vuelto. La pieza que buscábamos.

En “La vida soñada de Rachel Waring”, Royce se ha propuesto sembrar la impaciencia en el lector, pues, según se suceden los acontecimientos externos -mudanza, eventualidades, nueva vida en Bristol-, la protagonista responde a las circunstancias con un sosiego imperturbable. El estilo narrativo es elegante, realista y mesurado. Se mide el humor y se miden las manifestaciones de sarcasmo. A este respecto, la traducción respeta la retórica inglesa que, en su versión castellana, sigue rezumando a costumbrismo inglés como telón de fondo de los movimientos y descripciones de la protagonista. La voz narrativa explica y describe en total sintonía con sus vicisitudes personales, pero nos explica una realidad sesgada. La narración en primera persona sitúa muy cerca al personaje, pero ello es tan sólo un espejismo, pues Rachel responde a un patrón psicológico normalizado, debajo del cual subyace la mayor de las alienaciones. Podríamos pensar que se trata de un narrador omnisciente, pero la trama nos da suficientes pistas como para sospechar que hay algo más y en ello radica el valor de la novela. El lector se va dando cuenta poco a poco, y hasta las mismísimas reacciones de los personajes que la rodean son manifestaciones lentas de un síntoma innegable: su soledad.

Aún y así, Rachel seguirá escribiendo con uñas impolutas hasta el final -mientras se recoloca el elegante sombrero- su gran epitafio:

Tuvo fortaleza. Y siempre buscó algo

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