Ayer me desmayé en una piscina municipal.
Entré en el vestuario huyendo del sol abrasador y me senté sobre el banquillo de hierro, buscando contagiarme de su dureza. Mi carne se estaba volviendo mantequilla. Parece ser que me fui escurriendo hasta el suelo, donde me desconecté. La visión hizo un fundido a negro y los sonidos eran lejanos, extraños.
Algunas figuras entraban y salían. El socorrista me hacía preguntas, quería saber con quién había ido a la piscina a pasar un día de sol, chapuzones y alguna ahogadilla. Pero mi voz pastosa no le aportaba ningún dato válido. Desapareció. A medida que reaparecían en mi visión las paredes del vestuario, logré enfocar, desde un plano contrapicado, a un grupo de mujeres colocándose los sostenes.

El suelo de cualquier vestuario de piscina municipal suele contener una mezcla variopinta pelo, tierra y líquidos varios.
Entonces, llegó ella. La chica del bar, cocinera, taquillera, jefa, camarera. Se sentó en el suelo, a centímetros de mi piel. Mi cabeza comenzó a recuperar el flujo sanguíneo y el sudor frío descargó como una tormenta catártica tras una ola de calor.

Me clavó su mirada desnuda. Hablamos. Hablamos sobre familia; sobre el verano, el trabajo, los sofocos, la autoexigencia, la rabia, los amigos, el silencio, la puta mierda, el llanto, la risa, la huida, la verdad. El tiempo. Me regaló su tiempo.
Sentí la inercia urbanita de no robar el tiempo a los demás. Salimos del vestuario y nos abrazamos.
Hoy vuelvo a la piscina municipal y se acumulan las preguntas.
¿Será ella la taquillera? ¿Qué le digo, cuando ya le he entregado mi alma? ¿Cómo te comportas, después de tanta intimidad, cuando ese alguien imprescindible te vende una entrada para la piscina municipal al día siguiente de permanecer a tu lado?
Aparte del abrazo, ¿qué más hacer?
¿Se lo agradeces a tu modo?
Te cambio una entrada por otra, Silvia.
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