El lenguaje literario no sólo está en los libros

¿Has mantenido alguna vez una conversación? Si no eres ni un ermitaño ni un político y estás leyendo este artículo, lo más probable es que respondas con un ‘sí’.

Todos mantenemos conversaciones. Están a la orden del día y nos ordenan el día. Hablamos y ordenamos nuestra jornada mediante diálogos que marcan cada momento y situación. A veces, y sin ser conscientes, ponemos el piloto automático y nos ponemos a hablar de una determinada manera al ver a una determinada persona en un determinado lugar. ¿Por qué se produce esto?  Además, seguramente, la cajera del súper es una persona con una conversación muy interesante y nos gustaría hablar con ella sobre Nietzsche, pero no tenemos tiempo. El tiempo nos empuja y nos atropella y nos vemos en la obligación de adecuarnos a cada situación comunicativa. Somos una cadena de producción de diálogos. No siempre de la mejor calidad, y no me refiero a las palabras o al tema, sino al disfrute. No tenemos tiempo ni ganas de hablar bien, de conversar tranquilamente (aunque este es un tema de debate que merecería otro artículo).

Podríamos incluso afirmar que los diálogos son nuestras agujas existenciales. Así funcionamos. Las conversaciones, además, se podrían ordenar en un catálogo según tipo y color: acabamos de topar con las Funciones del lenguaje. ¿Resoplidos y repeticiones? Dos compañeros de trabajo hablando en su rato de descanso. Función fática. ¿Exclamaciones y preguntas? Vendedor con cliente. Función conativa (o coñativa, si el vendedor es un auténtico coñazo). ¿Silencio? Dos enamorados. O dos que se caen muy mal. Todos tenemos el carnet de conversador (es muy útil, aunque en las colas del supermercado no lo reparten, por mucho que la cajera filósofa haga esfuerzos. En estas colas, las personas consumidoras entrenan sus músculos para endurecerse, y evitar así, posibles operaciones de bótox. Pero se les arruga el alma. Efectos colaterales).

En nuestras conversaciones, hablamos sobre el tiempo, hablamos sobre el ocio. Hablamos sobre el dinero. Hablamos mucho y todo el tiempo sobre el dinero aunque nadie lo diga explícitamente. Hablamos sobre nuestros vicios y pecados. Nos lamentamos y confesamos con cada palabra. El silencio también nos condena. Hablamos muy distinto en la puerta del colegio de nuestros críos que en otro contexto. ¿Hablamos con el mismo entusiasmo dentro de un ascensor, antes de ir a trabajar, o dentro de una tienda de campaña en pleno fin de semana?

En toda conversación, se crea lenguaje literario. Es así. Seguramente ahora estés gratamente sorprendido, ingeniero informático. Acabo de aumentar tu autoestima, e incluso en estos momentos te crees ingenioso y locuaz, y te estás cepillando los dientes para salir a la calle con sed de seducción (cuidado con los traductores, son una raza aparte); seguramente, hasta llegues a creerte que eres poeta. Y yo te lo confirmo de nuevo, porque es una verdad ineludible: el lenguaje coloquial o familiar, el que usamos en nuestras conversaciones, está lleno de metáforas, personificaciones, hipérboles, ambigüedades, hipérbatoms. ¡¡Y todo eso dentro de un ascensor!! ¿A que he mejorado la percepción de ti mismo? Y sin necesidad de comprar un libro de autoayuda de título vomitivo. (Inciso: por favor, editores, dejad de editar libros con la palabra ‘felicidad’. No abusen de ella: les denunciará).

Somos literatos, hasta se nota en nuestros andares. Y todo ello tan sólo por hablar. No lo digo yo. Lo dice Amparo Tusón en su libro Análisis de la conversación: “Tanto la modalidad oral como la modalidad escrita se usan también con una función artística o placentera”. (Tusón; 1997, p. 28). No sólo eso: la escritura es un acto solitario, para el que se necesita mucho aporte léxico para situar al lector y ayudarle, así, a entender o interpretar, mientras que la modalidad oral está vestida y revestida de numerosos elementos extralingüísticos que le aportan un jugo informativo y expresivo que es inherente al hecho oral. Nos referimos a la prosodia (entonación, pausas, silencios, cadencias), la cinesia (gestos), la proxemia (disposición de los cuerpos). Sabemos interpretar un mensaje con tan sólo un tipo concreto de entonación en el interlocutor, y lo hacemos a cada momento. Sabemos interpretar un mensaje cuando miramos al otro y ese otro no nos devuelve la mirada.

Os propongo aquí un ejemplo vivo de oralidad. Lugar: Metro de Barcelona. Hora: 19:15. Me confieso: he robado. He robado palabras. Armada con bolígrafo y libreta, he abierto mis -ya de por sí- grandes pabellones auditivos y he escrito frenéticamente la conversación que estaban manteniendo 3 mujeres. Y lo he hecho con alevosía. Y en tan sólo 3 minutos de conversación, he encontrado hipérboles, paralelismos, personificaciones, metáforas, elipsis y veloces inferencias. Un uso lingüístico tan rico como interesante, nacido directamente del registro coloquial.

A- Qué pereza, ir a trabajar ahora…

B- El problema es ella. Si lo quieren arreglar, lo arreglarán. Y, si no lo quieren arreglar, no lo arreglarán.

C-[Estornudo]

A- Ui, te has constipado. ¡La alergia!

B- Ir a trabajar.

A- Yo últimamente me estoy quitando muchas obligaciones de encima. Y hoy, pues han venido a comer. Y mañana hasta el mediodía no los veo. Así, cada uno a su bola.

B- Pues vaya palo. Yo, en ese sentido, los tengo lejos.

A- Y por la tarde va él a buscarlos, con la Tamara. De vez en cuando va un par de veces a la semana al gimnasio y ya está. Todo eso, quieras o no, le cansa. Y mi hijo, con su mujer y sus cosas… y ya está. ¿Que van a comer a donde sus suegros? Pues ya está. Yo ya estoy muy inflada.

Y, por encima de todo, lo que más me ha intrigado pero que lamentablemente se perderá por siempre en las entretelas de las complicidades entre estas tres mujeres conversadoras:

¡¡¿Quién es ella?!!

🙂

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