El hombrecito vestido de gris y otros cuentos


“El hombrecito vestido de gris y otros cuentos”, Fernando Alonso.
Kalandraka, 2014.
Ficción

 

Niños: no dejéis de leer El hombrecito vestido de gris y otros cuentos. Adultos: aplíquense (o léanse), el mismo cuento.

De la mano de Kalandraka y manteniendo las mismas ilustraciones de Ulises Wensell -que, para mí, desprenden ternura tan sólo al mirarlas- llega la reedición en tapa dura de “El hombrecito vestido de gris y otros cuentos”, volumen que contiene como suculento primer plato el conocido cuento de Fernando Alonso, “El hombrecito vestido de gris” cuya primera edición data del 1978 y que ya nos leímos con fascinación en su día. El cuento, uno de los más entrañables que he leído, es una obra tan sencilla como grande. Está claro que el Hombrecito no devalúa en el tiempo. ¿Será por cómo está escrita la historia?, ¿o más bien es el encanto natural de nuestro impredecible hombre vestido de gris?

Kalandraka nos brinda esta mágica compilación de cuentos firmados por dos autores: el primero, el mencionado escritor burgalés, y, el segundo, lo desvelaremos más tarde. La edición de El hombrecito es sencilla y cuidada, y el contenido se respeta intacto. La naturalidad del hombrecito es un verdadero arco iris, por mucho que vista de gris. Pero hay más: “El hombrecito” tiene ese algo, ese algo ‘no dicho’ que le brinda autoridad a la obra y permanencia en el tiempo.

La pluma de Fernando Alonso es grácil, aparentemente inocente. No hay moral, no hay resquicios de intenciones más allá del goce de la propia historia. El ingenio y la habilidad de Alonso saltan a la vista a la hora de hilvanar su sentido del humor con las emociones. “La pajarita de papel” es otro de los cuentos de Alonso reunidos en esta edición. Sutil y lleno de bellas imágenes, nos relata una relación muy especial entre un padre y un hijo. Algo extraño pasa con unas pajaritas que hace el padre de Tato. Hay una intención literaria muy personal en la prosa narrativa de Alonso que converge en la decisión de centrarse en hechos y dejar de lado estúpidas lecciones morales para niños.

Inciso: en un contexto actual en el que se están publicando cuentos indirectamente moralistas y éticamente cansinos, ya sólo nos falta ver en las estanterías de las librerías los ejemplares para niños ordenados por temática: “Tolerancia”, “Integración”, “Sexismo”, “Politiqueo”… ¡dejad a los niños navegar entre los significantes; naufragar, si quieren, o incluso hundirse y salir a flote! (tela marinera con mi símil marino). Y más tarde, mucho más tarde, harán su lectura moral. Si quieres moral cómprale las fábulas de Samaniego (Susaeta ediciones, 1965) , cuya moral se condensa, como género textual, en la mismísima moraleja del final. Ahora (desconozco las edades que abarca ese ‘ahora’ pero me situaría entre los 3 y 33 años) no les corresponde, por mucho que les caiga una ducha de letras con mensaje implícito. El estímulo-respuesta no es inmediato. Haz la prueba: preséntale, con un aparente desinterés dogmático, un libro a un niño y te dirá lo que quiere: lo que quiere es otro libro. No el que le has propuesto. Porque huelen tu condicionamiento de adulto. Editores, padres, profesores y peluqueros: dejad que los niños se enreden en los hechos; que conozcan a personajes villanos, a otros estúpidos y a otros enigmáticos. Dejadlos asistir al escenario de la acción. ¡Eso es lo que a ellos les importa! Les importa saber qué ha pasado. Ya tendrán tiempo de saber el porqué, o qué hay detrás (si es que hay algo) o de dónde viene, o si están de acuerdo o no. Todos sabemos que es probable que las princesas también se tiren pedos, pero, por favor, estoy en una época en la que me encantan las Princesas. Ya se me pasará. Déjame disfrutar de la historia de una princesa y vete a comprar ese vestido nuevo de rebajas que tanto ansías, mamá.

Completan la edición otros dos cuentos del gran autor gallego Juan Farias (Serantes, A Coruña, 1935-2011), uno de los imprescindibles que nos trajo la segunda mitad del s.XX y que obtuvo el Premio Nacional de Literatura Infantil en 1980. Marcado por la Guerra Civil y por su vinculación hacia la mar, Farias tuvo siempre como referente a su padre, ingeniero aeronáutico quien sembró en él su pasión por la narrativa. De su padre hacía buena referencia cuando hablaba (o escribía) sobre sí mismo, pues para él siempre fue un gran contador de historias; alguien a quien los tiempos de aburrimiento le iban fenomenal para dar salida a sus pequeñas creaciones imaginarias, que compartía con Farias en forma de cuentos. A parte de su producción narrativa, el registro de Juan Farias en primera persona es asombrosamente inspirador, por su contundencia. “En voz alta” (“Hablemos de leer”, Anaya, 2002) es un autoensayo lleno de frases clave. Concretamente, el volumen que nos ocupa, “El hombrecito vestido de gris y otros cuentos” incluye dos cuentos de Farias: “La larga siesta de papá” y “Una cinta azul de dos palmos y pico” publicados en la obra Algunos niños, tres perros y más cosas (Espasa Calpe, 1981).

Con Juan Farias encontramos una voz audaz y directa. Con la retórica justa, nos narra el cuento “La larga siesta de papá”, un texto breve y contundente a partes iguales. Este cuento es la mejor muestra de que no hace falta extensión para que un cuento sea brillante. El tono intimista del relato nos conduce hacia un diálogo final lleno de sentimientos ambivalentes. También, entre las líneas de Farias, creemos leer un sesgo crítico, un acercamiento hacia el Niño y muchos ecos de esperanza. La libertad de estilo y de forma en “La larga siesta de papá” da rienda suelta a una gran autoridad en su palabra, y es que el diálogo final es tierno y afilado a la vez. Otro de los cuentos del autor gallego lleva por título “Una cinta azul de dos palmos y pico”, en mi opinión, más predecible que “La larga siesta […]” pero igual de directo y lúcido. En “Una cinta azul […]” tenemos sorpresas léxicas que entroncan con la tradición más pura del cuento y que lo hacen ideal para ser narrado: la preciada (por parte de los niños) y (muy bien medida) repetición. Pero es una repetición (“Pensó…. pensó….”) planteada con una intención de respeto hacia el personaje; en este caso, un niño. Los niños merecen un rincón especial en el imaginario de Juan Farias, y por ello disfrutamos tanto de sus cuentos, en los que las decisiones de ellos conducen el hilo narrativo.

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