La Reina de las Nieves

la_reina_de_las_nieves“La Reina de las Nieves”, Carmen Martín Gaite
Anagrama, 1997
Ficción

También era, al mismo tiempo, el pequeño Kay siguiendo a la Reina de las Nieves y sabía –de esa manera tan confusa pero tan evidente con que se saben las cosas en los sueños– que, para salvarme del peligro, tenía que recordar el cuento y contárselo a alguien

“La Reina de las Nieves” es una historia que se lee con impaciencia, cuya trama se desarrolla a fuego lento, lo cual resulta contraproducente para el lector, quien resigue las líneas del texto contagiado por un extraño magnetismo que le perseguirá hasta el final. No es para menos: en el prólogo, la autora nos advierte que no fue una historia fácil para ella. En la introducción a la novela, la escritora salmantina Carmen Martín Gaite nos confesaba haber vivido un largo proceso se escritura con este título. Desde 1975 hasta 1984, la autora trabajó en la novela a temporadas intermitentes que incluyeron un ‘entierro’ de ocho años. Tuvo que transcurrir ese lapso de tiempo para que Martín Gaite recuperara el texto con fuerzas renovadas, y para entonces, los personajes y la historia habían fertilizado. Como las buenas historias que se dejan en reposo, se recuperan con el tiempo y se escriben solas.

Con semejante estímulo inicial, no es de extrañar que quisiera devorar el libro sin dilación. Sin embargo, mi lectura también ha pasado por rachas intermitentes de interés. Me enamoraba, me desenamoraba. Sabía que, en el fondo, se gestaba algo grande en la trama. Desconocía qué era pero sabía que debía seguir leyendo. En estos casos, las convenciones del lector deben ser completamente ignoradas. En otras palabras: me he dejado guiar por la autora, incluso cuando lo que contaba no era más que el reflejo narrativo del vacío del personaje, en su búsqueda hacia lo que siempre anheló. Así, los fragmentos de tramas secundarias, en los que la historia se ensanchaba, eran interpretados por mí como una digresión que me impacientaba –y, como una es impaciente, multiplícalo por dos–, pero seguí leyendo hasta rebañar los huesos de una novela que se desnuda lentamente, y que te deja tiritando.

“La Reina de las Nieves” es una historia que se cuece a fuego lento. Leonardo es un niño que vive en un pueblo costero en compañía de su inseparable abuela Inés, la carismática creadora de acertijos, rimas y cuentos. Sus padres, Eugenio y Gertrud, se hallan siempre de viaje y así el niño colma su ausencia con el sabio imaginario de Inés, un misterioso personaje lleno de riqueza interior. Se trata de una novela que descentraliza la figura paterna, que cree en los personajes secundarios, que eleva la palabra como principio balzaquiano de todos los placeres, porque palabra y amor son uno.

Los personajes del pueblo se describen con un carácter único, porque hablan tal y como son. Aquí es donde brilla el talento de Martín Gaite en el dominio de los diálogos, que hacen que reconozcamos a cada personaje por su manera de hablar, brindando a cada uno de su expresión propia.

El pueblo mira hacia un acantilado; el acantilado mira hacia un faro. Leonardo vive de niño en la Quinta Blanca, una casa grande y misteriosa que es el escenario de sus descubrimientos, de sus encierros. Leonardo crece; Doña Inés es enterrada en el pueblo y Eugenio regresará en momentos puntuales, levantando la debida expectación entre los vecinos. La turbia juventud del muchacho lo lleva a meterse en asuntos de drogas que le conducirán a pasar una temporada en la cárcel, donde el escepticismo reina entre sus pensamientos. Pero en sus conversaciones de celda con su compañero, en la intimidad que los asiste, también vuelve a reinar el cuento de su infancia, La Reina de las Nieves y, junto a él, las retahílas y acertijos de su abuela, también llamada “la señora de antes”. Leonardo es, según sus propias palabras, el niño extraviado de los cuentos:

Su figura –diana central de mi vigilancia– aparecía y desaparecía, oculta a intervalos por los distintos estratos de cabezas que se iban interponiendo entre nosotros, igual que las ramas de los árboles al balancearse, tapan la lucecita esperanzadora pero tal vez peligrosa de esa casa desconocida que ha creído atisbar, parado en medio del bosque, el niño extraviado de los cuentos.

Leonardo sale de la cárcel y su inercia vital contagia a los personajes fríos que le rodean: Javi, Ángela y otras presencias grises que no acertamos a dibujar. En la caja de caudales se esconden unos papeles reveladores. La noche de Madrid de los años setenta confunde el engañoso deseo fugaz con algo más profundo. Entre todas ellas, se deshilvana Mónica, como fuera de la madeja. Durante todo este tiempo, en el pueblo, la Quinta Blanca ha seguido habitada por otro propietario, una Señora que levanta incertidumbre y palabras entrecruzadas entre los lugareños del pueblo: la Señora de la Quinta Blanca, la paseante silenciosa, la amante del faro.

¿Quién es esa Señora? Sus paseos inquietan a la gente del pueblo; sus extraños movimientos y su solitaria vida en la Quinta Blanca son la efervescencia de la inquietud entre los habitantes del lugar. ¿Es una mantenida? ¿Es una brillante escritora que conoce el paraíso de lo subliminal? Es, sin ir más lejos, Casilda, la Señora que habita la casa que una vez brilló con adivinanzas y juegos de palabras, es la impoluta dama de la Quinta Blanca, la que continúa alimentando rumores, viviendo al mismo tiempo una vida sin lindes, abarcando tantas palabras como el mar pueda acoger. De ella sólo sabemos que tuvo relación con la familia que le vendió la casa: los padres de Leonardo. Pero queremos saber más.

Y Leonardo sigue siendo un alma dividida entre dos dilemas: huir o quedarse.

A través de un nudo común que se desvelará lenta y paulatinamente, Leonardo y Casilda descubren que son dos almas parejas; un compás binario. Leonardo y sus anhelos de escribir se colman con los textos de Casilda. Sin saberlo, ambos anhelan las mismas metáforas de huída, los territorios comunes de evocación del otro, la contemplación del misterio, el goce de la palabra y de todos sus matices, el mar. Ambos perdieron pronto referencias paternas y construyeron un mundo de imaginario autoresponsable. Entre ellos crece una simbiosis pictórica y literaria con el vértigo constante como telón de fondo.

Eugenio es otro personaje gris a quien Casilda definirá muy bien: Eugenio vivirá con el deseo de querer mudarse al alma de Casilda y ella vivirá por siempre en la que fue casa de él.

Entre las páginas de esta novela resuenan los cantos de la isla de las gaviotas que mira hacia el pueblo, que mira hacia el faro. Los vínculos no convencionales entre las personas se recrean con virtuosismo. La apología del cuento es inequívoca; los personajes nos enseñan que lo material es fútil y que el ser humano tiende a esclavizar al otro; que la sabiduría de lo salvaje puede dar vértigo pero distingue la luz de lo opaco, y que tomarse la vida demasiado en serio es el summum de lo inútil, de la idiota domesticación. Mauricio, el sirviente, eternamente tierno, es el gran testigo del declive de Leonardo y será el responsable de reunir los retazos de vida de unos personajes tímidos que se vuelven gigantescos con el devenir de la historia.

La Reina de las Nieves contiene una pequeña joya que es el cuento de Kay y Gerda, revisado y contado a su vez por otras interesantes voces. El cuento salvador.

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