De pequeña me topé una vez con un diccionario de definiciones absurdas del humorista José Luis Coll. Lo tenía mi abuela en la estantería de una de sus habitaciones, camuflado entre novelas, manuales y diccionarios ‘serios’. Recuerdo entrar en su cuarto para hacerle una visita al susodicho manual, leerme una docena de acepciones absurdas de una sentada y preguntarme el sentido de un libro así, anti-lógico y anti-pedagógico, que no ofrecía nada al mundo.

En ese cuarto donde se oía la respiración de los libros, en el transcurso de aquellas tardes junto a mi abuela, se gestó mi alma de escritora. Verla buscando definiciones y releyendo clásicos de la literatura española hasta que le hizo falta usar una lente de aumento nutrió mi sentido literario. Sentarnos juntas en el sofá delante del programa cifras y letras me inoculó la pasión por el lenguaje. Asistir a su perspicacia constante respecto a las formas que tenemos de expresarnos las personas y de querer conseguir nuestros propósitos me hizo darme cuenta de que, en realidad, a ella le encantaba analizar el discurso y todo eso me abrió las puertas a la lingüística, al estilo, a la traducción.
Con los años he regresado al diccionario de definiciones absurdas y formulo definiciones idiotas en mi cabeza. ¿Hay otra cosa mejor que hacer? El propósito es jugar con los recovecos del lenguaje. Si partimos de la premisa que la lengua se manipula de infinitas formas y con infinidad de propósitos (desde el más gentil y bienintencionado hasta el más abyecto y hostil), estamos obligados, pues, a inventar definiciones gracias a la barra libre que nos proporcionan los juegos de palabras. El humor es el equívoco y la transgresión y, si te gusta inventar tonterías, has encontrado un caleidoscopio que te permita arañar el alquitrán de la existencia humana.
Bienvenido a las definiciones absurdas.

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