Pasó tres noches seguidas removiéndose bajo las sábanas, soñando con llaves que no abrían puertas, dándose la vuelta para escudriñar entre los ojitos de la persiana que permanecía rígida como la guillotina. El estado de inquietud la despertaba cada hora. Se rascó la espalda y examinó el colchón en busca de chinches (como viajera del tiempo, tenía experiencia en la materia), pero no había rastro de aquellos bichos. El origen de la picazón que la estaba abocando a un abismo irritable se le escurría de los dedos como una trucha recién pescada.
Ya no quedaba nada.
¿Dónde buscar?
Se tapó de cuerpo entero con la sábana y pegó un brinco al instante. Una insoportable quemazón envolvió todo su torso, piernas, brazos y manos. Le picaba hasta el cuero cabelludo. Recuperó el equilibrio. La sábana desplegó una hilera de pelillos urticantes y comenzó a levitar, ascendiendo poco a poco hacia el techo, hasta tocarlo, momento en el cual se desgarró en mil quinientas hojas de papel.
Tomó la primera hoja al vuelo y se puso a escribir hasta que el hambre golpeara las puertas de su estómago.

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