Eurocon 2016 Barcelona. Literatura sin género de dudas (I)

Esta noche he soñado con que un urco de rugido atronador, cuernos de bisonte y sangrientos colmillos iceberg nos perseguía a mí y a mis hijas. Yo, superheroína, no sólo no pestañeaba, sino que además les instaba tranquilamente a que no le hiciesen caso, haciendo un ademán despreocupado con la mano, quitándole hierro (o colmillos) al asunto, como si tuviésemos delante a un idiota caniche rabioso.

¿Será porque me he tirado el fin de semana metida en la Eurocon? Literatura fantástica, ciencia ficción, pulp, Finnish weird, bizarro, terror… todos los géneros se han congregado en nuestro gran Festival de literatura fantástica. Pero lo que nos ha unido ha sido la literatura, sin género de dudas.

Viernes 4 de noviembre. Inauguración. Expectación. Movimiento agitado hacia la consecución de la Santa Credencial. Se supone que tiene que llegar el frío, pero en los pasillos del CCCB hierve el averno de la magia, de la literatura especulativa, los viajes en el tiempo y la autoclonación si me da la gana. Las editoriales muestran en sus stands las novedades más suculentas y los libros recuperados y/o de ocasión; su muestrario contiene los ingredientes que se desgranarán en cada charla sobre ficción y fantasía. Mi paseo por la tarde del viernes pretende catar un poco el ambiente y prepararme para el día siguiente (vamos, que no tengo tiempo para quedarme más aunque quisiera).

Sábado 5 de noviembre. Vamos a coger el urco por los cuernos. Me espera un batallón de conferencias que tocan todos los palos. Toqueteo mi bolígrafo, que se esconde en la espiral de la libreta, y lo amenazo con cercenar sus venas azules si no sale de la espiral cuando cuente tres. Tras unos preliminares ruiditos irritantes, me pongo en acción.

El Estado de la CF española. ¿Tradición o renovación? 

Los conferenciantes –lectores, escritores, investigadores doctos y expertos en ciencia ficción– Juanma Santiago, Cristina Martínez, Lola Robles y Fernando Ángel Moreno nos hablaron sobre la situación del fandom en España, las connotaciones temáticas de la ciencia ficción en los últimos cincuenta años y la imprescindible autoría femenina en el género. ¿Dónde podemos situar las tendencias ideológicas de los amantes del género? Se supone que los perfiles del amante del género corresponden a personas poco interesadas en la política, que buscan sobre todo el humor en las novelas. En palabras de Cristina Martínez, el lector de ciencia ficción es hoy en día apolítico. Es relativamente cierto. Estamos hartos de tanta suciedad. Pero, si huimos de algo, es de la política convencional; la que se recoge, recicla y vomita en la televisión u otros medios todos los días. En lo que sí somos políticos es en la pequeña política. Recomendar determinada novela es un acto político. No ceder en cierta conversación es un acto político. Los pequeños actos de cada día lo son.

¡Pero no te enrolles, heroína articulista que no se achanta ante un urco! La conclusión fundamental que se pudo extraer es que los frikis son, por encima de todo, amantes del género: personas inquietas.

¿Y la presencia de la mujer como escritora de ciencia ficción? ¿Me atrevo dejar de lado a la gran Lola Robles? Ni por asomo. Robles, además de escritora, es una recopiladora de autoras españolas de ciencia ficción, quien, con su labor, pone sobre el tapete las voces literarias femeninas de ficción más importantes desde la década de los ’60. Blanca Martínez, Elia Barceló, Ángeles Vicente, Rosa Fabregat y una larga lista han cultivado el género literario desde su fructífero taller. En los años ’60 se produce una gran explosión de escritoras; autoras necesariamente feministas en sus inicios que, a partir de la década de los ’70 y ’80 diversificaron su vocación gracias al trabajo de las anteriores. Empezaron, así, a nacer editoras, críticas, directoras de revista y creadoras de contenido web. Grandes proyectos reivindican el papel de la mujer en la literatura. Pero el papel o el papiro ha existido desde antes de la era cristiana y la mujer ha escrito en él siempre. El problema –como siempre– es el foco de atención (o, más terminológico: la canonización de la obra).

Fernando Ángel Moreno nos propuso una interesante crítica del peso ideológico de la ciencia ficción. No sólo eso: ¿nos hemos despegado del miedo a la crítica política en la recreación de la ficción? El perfil del escritor de CF es cínico y distante. Parece que sólo importa la trama. Si hablas con una persona no entendida en el tema, te dirá que en ciencia ficción sencillamente “pasan cosas”. La ciencia ficción debe incidir en nuestra política diaria. Ángel Moreno nos lanzó una reflexión espinada: abordemos temas del ser humano sin pasar de puntillas. Sexo, pulsiones e incidencia política. Interesante desafío. Las ideas deben circular como zigotos en nuestro pensamiento.

ok

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Mi bolígrafo me mira con alivio. No ha sido para tanto. Las libretas mágicas nos deben acompañar a todas partes. No sé si las traductoras Pilar Ramírez Tello y Noemí Risco usan libretas para sus traducciones, pero me aventuraría a decir que sí. Cómo podía faltar yo a la siguiente charla:

Traducciones que trascienden el papel

En un formato íntimo –la sala estaba abarrotada, pero me explicaré– en el que Risco formulaba preguntas a Tello, las dos grandes traductoras se sentaron delante del público en un registro de conversación cercana y coloquial. En la sala se reflejó la profesión al desnudo: la traducción es secundaria e imprescindible a la vez.

Se habló de los términos traducidos, del camino que lleva a la acuñación de palabras, de la responsabilidad del traductor en ese sentido y de la variedad de gustos en el lector que las acoge. Tello es traductora de Los juegos del hambre. Risco es traductora de El corredor del laberinto. Ambas hablaron, sin embargo, de la contemplación de la obra como tal, alejadas de ruidos de mercado. Como traductoras, se enamoran de sus traducciones, sin importar la repercusión comercial. Creo que hay que traducirlo todo. Sabes que algo es malo cuando lo has traducido porque, además, has aprendido de él. Hay que traducir desde las trincheras, sin complejos. Hay que traducir textos infumables y ascender a la ambrosía literaria cuando nos apetezca (o cuando nos llamen). Hay que traducir por encargo y hay que proponer traducciones. Aunque no nos hagan ni puto caso. Se trata de eso: de molestar, insistir y seguir traduciendo. A este respecto, Risco hablaba del síndrome de Stendhal que ella misma experimenta ante el texto literario en sí mismo. Suscribo cada palabra.

La charla dio para mucho. Las formas de hablar de los personajes y su traducción. Las decisiones que toman las distribuidoras cinematográficas en relación a los términos traducidos. En definitiva, fue una charla imprescindible en un festival sobre literatura fantástica e intuyo que los escritores y traductores allí congregados nos relamimos como el urco con mis dos retoñas.

Eché de menos más charlas en torno a la traducción. Las traductoras hemos sido y somos las madres de la literatura universal. Y se seguirá traduciendo (supongo que en la era posthumana, también).

Mi crónica de la Eurocon hace una pausa para la publicidad en la que me dará tiempo a tomar un té u otra droga dura, ya que he empezado el artículo reclamando frío y parece que, por fin, hoy lunes el frío ha llegado a la ciudad Condal. ¿Se habrá convertido el urco en un oso polar despistado?

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Gajos de un fructífero oficio

exito“Éxito. Un libro sobre el fracaso editorial”, Íñigo García Ureta
Trama Editorial. 2011
No ficción

 

 

 

Gajos de un fructífero oficio

Publicar o no publicar. Esa es la cuestión. “Éxito. Un libro sobre el rechazo editorial” es un ensayo escrito por el editor, escritor y traductor Íñigo García Ureta que parte de dos planteamientos básicos: la realidad de la industria editorial no sólo es compleja, sino –por si aún tuviésemos poco–, también poliédrica. Autores, editores, lectores profesionales y público lector son las diferentes caras de un mismo proceso, que es el de publicar. A través de las páginas de este manual, Íñigo García practica el don de ponerse en el lugar de cada personaje del entramado editorial y nos describe, así, al autor plomizo, o al sensato  protector de su obra –aunque también al autor llorón y poco dado a la autocrítica. También merece su atención el abrumado editor, en tantas ocasiones atiborrado de temas logísticos y comerciales que se consideran necesarios para la difusión de la obra. En la misma cadena del proceso se encuentra el lector profesional, que hace lo que puede con la ingrata fórmula de horas de lectura / remuneración. Por último, el público lector, variado, caprichoso, seducido por la inercia e impredecible a partes iguales.

García Ureta ilustra todas estas caras de la profesión con cercanía y humor (me ha faltado la del traductor: serán los ¿gajos del fructífero oficio?). Sólo así se entiende cómo el camino hacia la publicación está lleno de errores y de una enigmática combinación entre relativismo y azar. Porque los mayores errores han sido los mejores aciertos comerciales y, para demostrarlo, nos ofrece un selecto muestrario de ejemplos vivos, de autores emblemáticos y/o vendedores cuya obra fue rechazada en su día con reiteración y alevosía por parte del editor pertinente. Pero como autor, ¿hay solución a los anhelos de publicación?, ¿hay una recompensa por aquella mezcla –a veces indigesta– entre dedicación e ilusión? Ureta lo advierte desde las primerísimas líneas de este libro: escritor, si lo que buscas son soluciones milagrosas, olvídate de seguir leyendo. Nos ofrece, a cambio, una reflexión churchilliana que sirve de eficiente engranaje para Éxito: “El éxito es ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo”.

En efecto, en este libro se reflexiona sobre la perseverancia en sus muchas y variadas formas. Cómo aplicarla depende de cada uno. Pero vuélvelo a intentar o inténtalo de otra manera. El concepto de relativismo alcanza al mercado editorial –no podía ser de otra manera. ¿Hay que hacerle caso a la industria?, se pregunta el autor. Por supuesto que no. En esta línea, los editores son la dianas de las mejores y más divertidas citas recopiladas y expuestas por Ureta, como la de Elbert Hubbard: “Editor: persona que trabaja para un periódico y cuya ocupación es separar el grano de la paja para, acto seguido, publicar la paja”. A pesar de ser vistos como los “malos de la peli”, Ureta sale finalmente en su defensa, arguyendo que los editores, en su tarea de filtradores de manuscritos, son, en todo caso, tan necesarios como los autores, pues ellos construyen las tendencias editoriales –algo que puede servir de guía para el ilusionado escritor–, pero no dejemos que el guía nos fastidie el viaje (añadiría yo). Descubramos nuestro propio camino, que incluye, en algún punto, perderse.

¿Ya te has encontrado, escritor? Pues presta atención a este bonito concepto: la autocreación. En este ensayo también se presta atención a la sabia tarea de la iniciativa propia. En nuestros días, un autor puede ser también editor y comercial. La difusión de las redes sociales, bien empleada, puede producir buenos resultados. Ureta anima, así, al perseverante escritor a publicar su obra sirviéndose de sus medios y material propio, pues no sólo manda el mercado. También cabe esta pregunta: “¿Estás seguro de lo que vas a publicar?” A lo mejor no te hace ningún favor. El éxito no es haber publicado, sino que haya tenido sentido hacerlo.

Las reglas de la publicación parecen ya escritas; lo difícil es descifrarlas. Como escritor, lucha contra esa corriente. Y lo más importante: no obedezcas al mercado; no intentes publicar pensando en vender. Sigue tu verdad. ¿Suena bíblico? Pero es vital.

El escritor debe desconfiar de todo y de todos; también de sí mismo. Autocrítica e independencia van de la mano. Un editor es también, en el fondo, escritor y un escritor querría haber sido editor. Todos podemos ponernos en el lugar del otro, siguiendo la lógica interna (también la desesperación, a veces) de cada pequeño gajo del oficio. Sigamos leyéndonos. A veces hay que leer algo malo para darse cuenta de que lo es. Pero si escribes algo malo… intenta no compartirlo (se aplica también a los best seller).

“La realidad se mide no por las reglas que genera, sino por el número de excepciones que es capaz de concebir”

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Contra(di)cciones

Gota a gota

vi nacer

su rostro y sus manos.

No hubo niebla,

no hubo nubarrones.

Sólo hubo

sangre y belleza.

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Maldita nostalgia (una nueva Era)

–Ayy, pasear…

–¡Qué dices! Pasear ya no es lo que era.

–¿No? En ese caso, siempre puedes soñar…

–He dejado de soñar. No me cabía otra alternativa. Lo he visto muy claro: soñar ya no es lo que era.

–Entonces, ¿escribes?

–¡No, no! Ya no escribo. No puedo escribir. Escribir tampoco es lo que era.

–¿Y el paisaje? El paisaje sí que––

–¿El paisaje? El paisaje ya no es ni remotamente lo que era. Ni el batir de las hojas. Ni siquiera el invierno, ni las miradas, ni los necesarios silencios, ni el pronóstico. Ni el espíritu ni la fuerza ni la mística unión de las cosas. Ni el Otro. Ni siquiera el Otro. El Otro ya no es lo que era. Nada, nada es lo que era.

–Todavía queda algo.

–No.

–Que todavía queda algo.

–No.

–¡Todavía nos queda algo!

–¡¡No!! ¡¿Qué nos queda?! Nada nos queda. Todo pasó. Ya nada es lo que era.

[Pausa]

–Inventar una nueva Era. Eso es lo que nos queda.

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Oda a los traductores

Los traductores

moqueamos,

lloriqueamos,

nos lamentamos

en un estulto ejercicio

que consiste en lamer

nuestras heridas de guerra editorialista

y nos cabreamos contra un mundo

creado para los que siguen el credo

de lo culturalmente rentable,

y nos planteamos

que quizá lo creativo

es un timo,

y en seguida

anhelamos otro trato

y así pasamos el rato,

pero también tenemos tiempo

de enfadarnos contra nosotros mismos

y de creer tocar el abismo

cuando, de pronto, encontramos la solución

y volvemos a coronarnos reyes de la independencia absoluta.

Y de la soledad.

Los traductores

tropezamos,

nos atolondramos

y defendemos

nuestros textos

con uñas y dientes.

Y un tiempo después,

cuando todo se ha acabado,

cuando la traducción ya hemos entregado,

empezamos a notar

un síndrome de abstinencia

que no tarda en llegar,

y entonces

moqueamos

lloriqueamos

nos lamentamos.

Y así nos damos cuenta

de que ya es tarde.

Ya no podemos sacudirnos

la fructífera adicción:

la traducción.

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Pérgola

Pérgola,

te crees respiradero

de la asfixiante ciudad

pero no eres más

que un hueco esqueleto

de hambrienta atonía.

Pérfida, columna anestésica.

Agalla artificial.

Pérgola de ciudad.

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“Quitapenas”, baile de palabras palpitantes

Fui a ver “Quitapenas” absolutamente seducida por el título de la obra. Qué motivo más  frívolo. Sí. ¿Y optas por una propuesta escénica, pagas una entrada y ocupas una butaca durante una hora sin saber qué carajo vas a ver? Sí, repito. Y además me permito un consejo –o autoconsejo–: en una sociedad como la nuestra, atestada de vídeos e inputs visuales, es necesario y hasta imperativo coger un panfleto (bueno, vale, también sirve una foto o publicidad de Twitter), dejarte seducir por la propuesta artística y acudir a la cita a ciegas con el arte sin saber lo que vas a ver. Porque lo queremos controlar todo. Porque nada escapa a nuestro ‘clic’ y porque la palabra “sorpresa” está demasiado asociada con un jodido huevo comercial de chocolate. Pues no. Me niego.

Efectivamente, con un título así –que vendría a ser como una carcajada en la cara del ingenuo–supe nada más entrar en la pequeñita sala del Teatro Gaudí que lo que íbamos a ver era pequeño formato. Mis expectativas subieron como un macaco hacia su banana. Y lo que me encontré fue poesía, ingenio y brillantes evocaciones. No era un espectáculo para quedarse aplatanado… La sociedad asoma también en “Quitapenas”. La sociedad publicitaria y las sociedades anónimas. Las mentiras que nos pretenden vender. El consumismo agorero.

La poesía vertebra “Quitapenas” de principio a fin. Si te gusta la poesía y los libros de autoayuda te parecen un notable género humorístico, tienes que ir a ver al actor uruguayo –y también integrante del dueto cómico Los Modernos– Pedro Paiva. Paiva aparece, ante el público, bigote afilado y mirada insondable. De pronto tus tercos límites de espectador topan contra un formato que no es cuento, no es recital, no es monólogo, no es teatro. Nos importa bien poco. La poesía toma, con Paiva, una inmensidad desbrozadora de inútiles etiquetas y se cristaliza en todos estos registros. “Quitapenas” es, también, un espectáculo de humor y de calculadas dosis de palabras, que se ensartan en tu corazón y te dejan con una sonrisa o con cara de lerdo. El repertorio es, por otra parte, formal, por lo que no hay interacción con el público. Se echó de menos. Pero la vida no es perfecta, como seguramente dirá la primera línea de tu manual de autoayuda.

La cadencia juega un importante papel en “Quitapenas”. Pero vuelvo a pensar en el título. Quitapenas son, también, aquellos pequeños títeres de dedo que se encargan de recoger y retener las preocupaciones y pesadillas de los niños antes de ir a dormir. Algo parecido a lo que conocemos como Atrapasueños. En la obra se celebra, del mismo modo, la vía de escape a la angustia a través de las palabras. El deseo de atrapar los miedos. Las palabras son prácticamente víctimas del artista orador, del cuentacuentos, porque las coge y las escoge y las corta por la mitad. Sin piedad. Las lanza, así, al público, con elegancia y nulo aderezo, y el público las aplaude. Atril, presencia y mínimos instrumentos percutivos. No hizo falta más.

No hace falta más. Palabras palpitantes: las de verdad.

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Pobres sufrientes adictos

Pobres sufrientes adictos;

debemos ayudarles

por el bien común

y sacrificarnos

por su bienestar.

La adicción arrasa nuestra sociedad

y la hace más humana y propensa a errar.

Pobres pudientes adictos,

que persiguen su consumo

porque no conocen otra cosa,

y su miedo se alboroza.

Debemos apoyarlos

y tratar sus adicciones

que, por algún motivo u otro,

les han llevado al acopio

de números periódicos

que inflaman de dígitos sus cuentas bancarias

e infectan de activos sus acciones.

Debemos cooperar,

debemos actuar;

por los pobres sufrientes adictos

enganchados a un encefalograma numérico

que les cuesta la vida,

ya que la vida cuesta

si no tratamos

la enfermedad

del pobre sufriente adicto

que tiembla de megalomanía

y vomita en la Bolsa cada día.

Pobres sufrientes adictos

que buscan un remedio

a su enfermedad

y nadie

se lo puede costear.

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El viento que arrasa

El viento que arrasa“El viento que arrasa”, Selva Almada
Mardulce, 2015
Ficción

 

Algún día se treparía a un coche y se alejaría para siempre de todo. Atrás quedarían su padre, la iglesia, los hoteles. Quizá ni siquiera buscaría a su madre. Solamente echaría el auto hacia delante, siguiendo la cinta oscura del asfalto, dejando, definitivamente, todo atrás.

“El viento que arrasa” es una novela escrita por Selva Almada y publicada originalmente en Buenos Aires en 2012. Se trata de un texto heredero del realismo latinoamericano, en el que encontramos a unos personajes que, por encima de todo, perduran en la memoria. Este es el acierto de una novela de estilo directo, donde la acción se sobrepone a los sentimientos y son las sensaciones las que van calando en cada diálogo, en cada breve y contundente descripción.

No hay artificio en “El Viento que arrasa”. A través de las páginas, viajamos por las carreteras del norte argentino y atravesamos Entre Ríos, Concordia, Chaco. Con breves descripciones, nos alcanzan los olores, las texturas, las heridas de los personajes. El calor es oprimente; calor y asfalto desempeñan un papel importante en la trama. En esta historia encontramos a Brauer, el mecánico, cuyo árido carácter impide atisbar los restos de una ternura perdida hace tiempo. El mecánico, también llamado “El Gringo”, acoge durante unos días en su casa-taller al Reverendo Pearson y a su hija Leni, quienes llegan con su coche averiado, haciendo un descanso en su recorrido litoral por el país de la Sierra de la Plata. Una avería que se prolongará durante días, forjando la convivencia entre los personajes. En este cuadro de actores destaca el chango Tapioca, un muchacho de esperanzas cortas que encontramos semi-escondido entre las desvencijadas piezas del taller del Gringo. Los personajes de Almada no esperan nada; nada les ilusiona ni piden existir, tocados por un nihilismo que convive con lo salvaje, con la fuerza de la naturaleza y el avance inexorable de la vida. Como máximo exponente de lo salvaje, en esta novela se explora el miedo cuando somos niños. Tapioca y Leni son personajes despojados de sus referentes maternos; sin embargo, en esta historia las mujeres son modelos fuertes que tiran adelante a pesar de todo. Como lectores, intuimos que la ausencia de ellas –en una obra tan masculina– es una clara señal de su importancia. El Reverendo Pearson se encuentra de travesía con su hija con el objetivo de recabar fieles, predicar el evangelio y formar a sus pastores (Zack, del que nunca sabremos más). Así vemos cómo se despliega un patetismo religioso antitético al realismo que impregna la novela de principio a fin. En efecto, el vacío que dejan las figuras maternas se manifiesta con una antítesis entre fervor religioso y falta de sentimientos. No hay grises en “El viento que arrasa”; quizá el único gris que podemos encontrar es el de Tapioca, el changuito, quien quiere definirse, quien es la esperanza.

La responsabilidad de los sentimientos recae en el lector. Con un estilo distante en el que el narrador no existe ni se le espera, la historia nos recrea escenas de una intensidad cruda. El bautismo como elemento costumbrista y afectado; la muerte, la naturaleza agreste. Por otra parte, se produce, en el transcurso de la trama, una incomodidad creciente del lector hacia el pastor protestante Pearson. Tal incomodidad se convierte en irónica curiosidad, pues, en un contexto tan religioso, el lector está deseando encontrar pecados en Pearson. ¿Se desvelarán?

Entre estas líneas, los hombres están movidos por la inercia, por la neurosis. Almada demuestra, con su novela, una gran habilidad escogiendo elementos externos para transmitir sensaciones. El Bayo es un gran ejemplo, pues, a través de la instrumentalización de este perro, acuden al lector los olores y sensaciones de una tormenta que –entre muchos otros– destapará los secretos de la naturaleza.

Queremos saber más de estos personajes. Con 160 páginas, la novela termina, pero Leni, El Gringo, Pearson y Tapioca siguen caminando en nuestros pensamientos.

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La Reina de las Nieves

la_reina_de_las_nieves“La Reina de las Nieves”, Carmen Martín Gaite
Anagrama, 1997
Ficción

También era, al mismo tiempo, el pequeño Kay siguiendo a la Reina de las Nieves y sabía –de esa manera tan confusa pero tan evidente con que se saben las cosas en los sueños– que, para salvarme del peligro, tenía que recordar el cuento y contárselo a alguien

“La Reina de las Nieves” es una historia que se lee con impaciencia, cuya trama se desarrolla a fuego lento, lo cual resulta contraproducente para el lector, quien resigue las líneas del texto contagiado por un extraño magnetismo que le perseguirá hasta el final. No es para menos: en el prólogo, la autora nos advierte que no fue una historia fácil para ella. En la introducción a la novela, la escritora salmantina Carmen Martín Gaite nos confesaba haber vivido un largo proceso se escritura con este título. Desde 1975 hasta 1984, la autora trabajó en la novela a temporadas intermitentes que incluyeron un ‘entierro’ de ocho años. Tuvo que transcurrir ese lapso de tiempo para que Martín Gaite recuperara el texto con fuerzas renovadas, y para entonces, los personajes y la historia habían fertilizado. Como las buenas historias que se dejan en reposo, se recuperan con el tiempo y se escriben solas.

Con semejante estímulo inicial, no es de extrañar que quisiera devorar el libro sin dilación. Sin embargo, mi lectura también ha pasado por rachas intermitentes de interés. Me enamoraba, me desenamoraba. Sabía que, en el fondo, se gestaba algo grande en la trama. Desconocía qué era pero sabía que debía seguir leyendo. En estos casos, las convenciones del lector deben ser completamente ignoradas. En otras palabras: me he dejado guiar por la autora, incluso cuando lo que contaba no era más que el reflejo narrativo del vacío del personaje, en su búsqueda hacia lo que siempre anheló. Así, los fragmentos de tramas secundarias, en los que la historia se ensanchaba, eran interpretados por mí como una digresión que me impacientaba –y, como una es impaciente, multiplícalo por dos–, pero seguí leyendo hasta rebañar los huesos de una novela que se desnuda lentamente, y que te deja tiritando.

“La Reina de las Nieves” es una historia que se cuece a fuego lento. Leonardo es un niño que vive en un pueblo costero en compañía de su inseparable abuela Inés, la carismática creadora de acertijos, rimas y cuentos. Sus padres, Eugenio y Gertrud, se hallan siempre de viaje y así el niño colma su ausencia con el sabio imaginario de Inés, un misterioso personaje lleno de riqueza interior. Se trata de una novela que descentraliza la figura paterna, que cree en los personajes secundarios, que eleva la palabra como principio balzaquiano de todos los placeres, porque palabra y amor son uno.

Los personajes del pueblo se describen con un carácter único, porque hablan tal y como son. Aquí es donde brilla el talento de Martín Gaite en el dominio de los diálogos, que hacen que reconozcamos a cada personaje por su manera de hablar, brindando a cada uno de su expresión propia.

El pueblo mira hacia un acantilado; el acantilado mira hacia un faro. Leonardo vive de niño en la Quinta Blanca, una casa grande y misteriosa que es el escenario de sus descubrimientos, de sus encierros. Leonardo crece; Doña Inés es enterrada en el pueblo y Eugenio regresará en momentos puntuales, levantando la debida expectación entre los vecinos. La turbia juventud del muchacho lo lleva a meterse en asuntos de drogas que le conducirán a pasar una temporada en la cárcel, donde el escepticismo reina entre sus pensamientos. Pero en sus conversaciones de celda con su compañero, en la intimidad que los asiste, también vuelve a reinar el cuento de su infancia, La Reina de las Nieves y, junto a él, las retahílas y acertijos de su abuela, también llamada “la señora de antes”. Leonardo es, según sus propias palabras, el niño extraviado de los cuentos:

Su figura –diana central de mi vigilancia– aparecía y desaparecía, oculta a intervalos por los distintos estratos de cabezas que se iban interponiendo entre nosotros, igual que las ramas de los árboles al balancearse, tapan la lucecita esperanzadora pero tal vez peligrosa de esa casa desconocida que ha creído atisbar, parado en medio del bosque, el niño extraviado de los cuentos.

Leonardo sale de la cárcel y su inercia vital contagia a los personajes fríos que le rodean: Javi, Ángela y otras presencias grises que no acertamos a dibujar. En la caja de caudales se esconden unos papeles reveladores. La noche de Madrid de los años setenta confunde el engañoso deseo fugaz con algo más profundo. Entre todas ellas, se deshilvana Mónica, como fuera de la madeja. Durante todo este tiempo, en el pueblo, la Quinta Blanca ha seguido habitada por otro propietario, una Señora que levanta incertidumbre y palabras entrecruzadas entre los lugareños del pueblo: la Señora de la Quinta Blanca, la paseante silenciosa, la amante del faro.

¿Quién es esa Señora? Sus paseos inquietan a la gente del pueblo; sus extraños movimientos y su solitaria vida en la Quinta Blanca son la efervescencia de la inquietud entre los habitantes del lugar. ¿Es una mantenida? ¿Es una brillante escritora que conoce el paraíso de lo subliminal? Es, sin ir más lejos, Casilda, la Señora que habita la casa que una vez brilló con adivinanzas y juegos de palabras, es la impoluta dama de la Quinta Blanca, la que continúa alimentando rumores, viviendo al mismo tiempo una vida sin lindes, abarcando tantas palabras como el mar pueda acoger. De ella sólo sabemos que tuvo relación con la familia que le vendió la casa: los padres de Leonardo. Pero queremos saber más.

Y Leonardo sigue siendo un alma dividida entre dos dilemas: huir o quedarse.

A través de un nudo común que se desvelará lenta y paulatinamente, Leonardo y Casilda descubren que son dos almas parejas; un compás binario. Leonardo y sus anhelos de escribir se colman con los textos de Casilda. Sin saberlo, ambos anhelan las mismas metáforas de huída, los territorios comunes de evocación del otro, la contemplación del misterio, el goce de la palabra y de todos sus matices, el mar. Ambos perdieron pronto referencias paternas y construyeron un mundo de imaginario autoresponsable. Entre ellos crece una simbiosis pictórica y literaria con el vértigo constante como telón de fondo.

Eugenio es otro personaje gris a quien Casilda definirá muy bien: Eugenio vivirá con el deseo de querer mudarse al alma de Casilda y ella vivirá por siempre en la que fue casa de él.

Entre las páginas de esta novela resuenan los cantos de la isla de las gaviotas que mira hacia el pueblo, que mira hacia el faro. Los vínculos no convencionales entre las personas se recrean con virtuosismo. La apología del cuento es inequívoca; los personajes nos enseñan que lo material es fútil y que el ser humano tiende a esclavizar al otro; que la sabiduría de lo salvaje puede dar vértigo pero distingue la luz de lo opaco, y que tomarse la vida demasiado en serio es el summum de lo inútil, de la idiota domesticación. Mauricio, el sirviente, eternamente tierno, es el gran testigo del declive de Leonardo y será el responsable de reunir los retazos de vida de unos personajes tímidos que se vuelven gigantescos con el devenir de la historia.

La Reina de las Nieves contiene una pequeña joya que es el cuento de Kay y Gerda, revisado y contado a su vez por otras interesantes voces. El cuento salvador.

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