“Quitapenas”, baile de palabras palpitantes

Fui a ver “Quitapenas” absolutamente seducida por el título de la obra. Qué motivo más  frívolo. Sí. ¿Y optas por una propuesta escénica, pagas una entrada y ocupas una butaca durante una hora sin saber qué carajo vas a ver? Sí, repito. Y además me permito un consejo –o autoconsejo–: en una sociedad como la nuestra, atestada de vídeos e inputs visuales, es necesario y hasta imperativo coger un panfleto (bueno, vale, también sirve una foto o publicidad de Twitter), dejarte seducir por la propuesta artística y acudir a la cita a ciegas con el arte sin saber lo que vas a ver. Porque lo queremos controlar todo. Porque nada escapa a nuestro ‘clic’ y porque la palabra “sorpresa” está demasiado asociada con un jodido huevo comercial de chocolate. Pues no. Me niego.

Efectivamente, con un título así –que vendría a ser como una carcajada en la cara del ingenuo–supe nada más entrar en la pequeñita sala del Teatro Gaudí que lo que íbamos a ver era pequeño formato. Mis expectativas subieron como un macaco hacia su banana. Y lo que me encontré fue poesía, ingenio y brillantes evocaciones. No era un espectáculo para quedarse aplatanado… La sociedad asoma también en “Quitapenas”. La sociedad publicitaria y las sociedades anónimas. Las mentiras que nos pretenden vender. El consumismo agorero.

La poesía vertebra “Quitapenas” de principio a fin. Si te gusta la poesía y los libros de autoayuda te parecen un notable género humorístico, tienes que ir a ver al actor uruguayo –y también integrante del dueto cómico Los Modernos– Pedro Paiva. Paiva aparece, ante el público, bigote afilado y mirada insondable. De pronto tus tercos límites de espectador topan contra un formato que no es cuento, no es recital, no es monólogo, no es teatro. Nos importa bien poco. La poesía toma, con Paiva, una inmensidad desbrozadora de inútiles etiquetas y se cristaliza en todos estos registros. “Quitapenas” es, también, un espectáculo de humor y de calculadas dosis de palabras, que se ensartan en tu corazón y te dejan con una sonrisa o con cara de lerdo. El repertorio es, por otra parte, formal, por lo que no hay interacción con el público. Se echó de menos. Pero la vida no es perfecta, como seguramente dirá la primera línea de tu manual de autoayuda.

La cadencia juega un importante papel en “Quitapenas”. Pero vuelvo a pensar en el título. Quitapenas son, también, aquellos pequeños títeres de dedo que se encargan de recoger y retener las preocupaciones y pesadillas de los niños antes de ir a dormir. Algo parecido a lo que conocemos como Atrapasueños. En la obra se celebra, del mismo modo, la vía de escape a la angustia a través de las palabras. El deseo de atrapar los miedos. Las palabras son prácticamente víctimas del artista orador, del cuentacuentos, porque las coge y las escoge y las corta por la mitad. Sin piedad. Las lanza, así, al público, con elegancia y nulo aderezo, y el público las aplaude. Atril, presencia y mínimos instrumentos percutivos. No hizo falta más.

No hace falta más. Palabras palpitantes: las de verdad.

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